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Crimen y castigo. Debate sobre marxismo y derecho entre Roberto Gargarella y Matías Maiello

Desde la edición 8 de IdZ se viene desarrollando esta polémica entre Roberto Gargarella y Matías Maiello. Dejamos en este post el debate completo ya publicado y adelantamos las dos nuevas intervenciones que saldrán publicadas en el próximo número, de junio, de la revista.

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El derecho penal y la lucha de clasesPolémica con Roberto Gargarella

Por Matías Maiello, IdZ 8, abril de 2014.

Notas sobre marxismo, justicia y derecho penalCrítica a la crítica de Matías Maiello

Por Roberto Gargarella, IdZ 9, mayo de 2014.

Encrucijadas de un abolicionismo “light”. Repuesta a Roberto Gargarella

Por Matías Maiello, IdZ 9, mayo de 2014.

Crítica a la crítica de la crítica

Por Roberto Gargarella, a publicarse en IdZ 10, junio de 2014.

Medios y fines

Por Matías Maiello, a publicarse en IdZ 10, junio de 2014.

 

Respuesta a un artículo de Atilio Borón

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Al cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento de Lenin, Atilio Borón escribió una breve reflexión. Allí dice que Lenin, durante el gran año revolucionario 1917, al lanzar la consigna “Todo el poder a los soviets” habría puesto “provisoriamente en suspenso –en ese contexto de disolución y quiebra del zarismo y auge revolucionario- el papel rector que durante tanto tiempo le había asignado en sus escritos y en su práctica política al partido.” Y más: dice Borón que, “Para Lenin, el tránsito de Febrero hacia la revolución social requería el protagonismo de los Soviets más que el del partido.”

Asombran estas afirmaciones, aunque se puede comprender la intención política. Al exaltar además de manera populista a las masas rusas movilizadas, despreciando incluso “la luz” que brinda el marxismo (“las tesis marxistas sobre la composición orgánica del capital o la tendencia decreciente de la tasa de ganancia”), Borón intenta con todo esto presentarnos un Lenin “caudillo” (en el peor sentido del término), tratando de emparentarlo con Fidel Castro: ¡alguien que no tiene nada de “leninista” ni “sovietista”! (¿o acaso Castro impulsó alguna vez en la isla organismos democráticos de auto-actividad de las masas?). Borón inventa así un Lenin que, sin ninguna mediación política (sin organización, sin partido), habría logrado movilizar a las masas rusas por medio de “una consigna simple, comprensible y de una extraordinaria efectividad política: “Pan, tierra y paz.””

Con este cuentito izquierdista “happy end” que nos hace Borón se desmerece entonces la gran labor estratégica de Lenin, que fue, justamente, la de haber forjado durante años una organización política, unificada por medio de una teoría, un programa y tácticas flexibles (que buscaban adaptarse a las diferentes situaciones políticas, de avances y retrocesos), para dirigir a las masas hacia la conquista del poder, en lucha contra las tendencias políticas enemigas y vacilantes. Ni más ni menos.

Ya en 1905, durante la primera Revolución Rusa, Lenin había planteado como conclusión fundamental: “¿Soviet de diputados obreros o partido? Yo pienso que no es así como debe plantearse, que la respuesta debe ser forzosamente: soviet de diputados obreros y partido” (“Nuestras tareas y el soviet de diputados obreros”, en León Trotsky y otros autores, 1905, CEIP “León Trotsky”, 2006, p. 442).

Si Borón hubiera prestado más atención en su “homenaje” a Lenin a su real labor de dirigente revolucionario (¡así fuera solo en 1917!), habría podido ver que la consigna “Todo el poder a los soviets” fue parte de un accionar político… de partido, y que la consigna se mantendría (en la propaganda, en la agitación y en la movilización… del partido bolchevique) tanto como fuera efectiva, “operativa”, desde la estrategia: mientras movilizara a las masas hacia la toma del poder. Por ello a mediados de julio de 1917, en su texto “Sobre las consignas”, dice respecto a “Todo el poder a los soviets”: “Esa consigna fue correcta durante un período de nuestra revolución –digamos, desde el 27 de febrero hasta el 4 de julio–, que ahora ha pasado irrevocablemente”. Y sigue: “El viraje del 4 de julio consiste precisamente en un cambio brusco en la situación objetiva. La posición inestable del poder ha cesado; el punto decisivo del poder ha pasado a manos de la contrarrevolución. El desarrollo de los partidos sobre la base de la colaboración de los partidos pequeñoburgueses socialista revolucionario y menchevique con los kadetes contrarrevolucionarios ha creado una situación en la cual ambos partidos pequeñoburgueses se han convertido virtualmente en participantes cómplices de la salvaje represión contrarrevolucionaria”. Y agrega: “La consigna del paso del poder a los soviets podría parecer hoy una burla. Esta consigna, objetivamente, sería un engaño a pueblo, sería infundirle la ilusión de que aún hoy bastaría que los soviets quisieran tomar el poder o plantearan esa decisión para que el poder fuese suyo”.

¿Qué ocurría? Que los soviets, como organismos de las masas insurrectas, movilizadas y en lucha, eran conciliadores con el gobierno provisional. Y esto era así porque los partidos que actuaban en los soviets tenían un programa de “reformas” del régimen político: apoyo “crítico”, exigencias… y luego integración al mismo como ministros; un “etapismo” que los llevaba a aspirar, como máximo, a una república democrático-burguesa para Rusia (es decir, una Rusia capitalista). Era esta una situación inestable, de “equilibrio” del “doble poder” (donde había dos poderes: el del gobierno provisional –que preparaba y lanzaba en esos meses de julio y agosto sus zarpazos reaccionarios–, y el de los soviets, que al decir de Trotsky era en realidad “un semi-poder”). Por ello Lenin propugnaba el reimpulso revolucionario de las masas (luchando el Partido Bolchevique dentro de los soviets por su política). Ellas, las masas, decía en el texto ya citado, “no sólo deben ser dirigidas por el proletariado, sino que también deben volver la espalda a los partidos eserista [socialista-revolucionario] y menchevique, que han traicionado la causa de la revolución.” (las citas de “Sobre las consignas” están tomadas de las Obras selectas de Lenin, Ediciones IPS, 2013, pp. 114, 115 y 116)

¿Acaso esto no es claramente una lucha… de partidos? Lenin plantea en ese texto –¿y a quién sino a su Partido Bolchevique y a las tendencias revolucionarias (como la de Trotsky) que le fueran más afines al calor del proceso revolucionario?)– que “Hay que reorganizar toda la labor de agitación entre el pueblo a fin de hacer ver a los campesinos que es totalmente inútil confiar en obtener la tierra mientras no se derroque el poder de la camarilla militar, mientras no se desenmascare a los partidos eserista y menchevique y se los prive de la confianza del pueblo” (ídem., p. 118). ¿Quién debía entonces “agitar entre el pueblo” para movilizar por “pan, paz y tierra”, para desenmascarar a los SR y mencheviques sino su partido, su organización de dirigentes, cuadros, militantes y simpatizantes? (Y a esto agreguemos que el verdadero “tour de force” que hubo en el bolchevismo no es el de un Lenin que “deja atrás” al partido –como propone Borón–, sino un Lenin que combate dentro de su propio partido por una política correcta, principista, que palpa el estado de ánimo de las masas en el proceso revolucionario y despliega una política de partido independiente de todas las fracciones burguesas y pequeñoburguesas –ese es el combate de las “Tesis de abril” –. Por poner solo un ejemplo: Lenin luchó contra Stalin y Kamenev, quienes desde Pravda adherían en marzo de 1917 al patriotismo ruso y a la política “defensista” del gobierno provisional, siendo cómplices de las matanzas que sufrían los campesinos y obreros rusos en los frentes de la Guerra Mundial.)

Lenin insiste una y otra vez contra hacer un fetichismo de la consigna “Todo del poder a los soviets”: “Los actuales soviets han fracasado, han sufrido una derrota completa por predominar en ellos los partidos eserista y menchevique. En este momento esos soviets son como ovejas conducidas al matadero”; ídem., p. 119), hasta que cambia la situación. Como recuerda Trotsky en su gran Historia de la Revolución Rusa, tras los reaccionarios meses de julio y agosto (el primero, el mes de “la gran calumnia” contra los bolcheviques –donde encierran a cientos en las cárceles–, y luego viene la “kornilovada” –el intento de golpe militar–) los soviets recuperaron vitalidad, pasaron nuevamente a la ofensiva (sumándose al proceso revolucionario masas y masas, con soviets campesinos del interior, que venían rezagados; sumándose también unidades militares rebeldes que venían de los fracasos del frente de guerra y exigían respuestas al gobierno provisional y a los “partidos soviéticos”) y, con ello, la posibilidad de que nuevamente sean un instrumento para la conquista del poder… en lucha política contra los partidos conciliadores.

Trotsky recuerda en la Historia… el “magnífico artículo” de Lenin “Acerca de los compromisos”, donde, dice, “El papel de los soviets, constata [Lenin], ha vuelto a cambiar: a principios de julio eran órganos de lucha contra el proletariado; a fines de agosto se han convertido en órganos de lucha contra la burguesía”. Y explica que el retorno a la consigna de “Todo el poder…”, con la exigencia de que los SR y mencheviques tomen el poder con los soviets –el “compromiso” que los bolcheviques estaban dispuestos a aceptar, para que la revolución aprovechara la única posibilidad que se daba en ese momento preciso de avanzar por la vía pacífica hacia la toma del poder– se debía a que Lenin hacía esto “convencido de que su partido estaba llamado a ponerse al frente del pueblo”.

No vamos a seguir historizando la Revolución Rusa, ya que no es el objetivo del artículo; pero sí vamos a recordar que finalmente la Revolución triunfa en octubre… gracias al accionar de una organización: el Partido Bolchevique (donde Trotsky juega un papel clave en la preparación y ejecución de la insurrección en Petrogrado… y donde hay nuevamente crisis en la dirección del partido, ya que Kamenev y Zinoviev se niegan, en el momento de la toma del poder, a desarrollar esa política). Los bolcheviques toman el poder –no sin crisis internas, debates y discusiones– con los soviets –donde conquistaron la mayoría de la dirección en ellos, entre febrero y octubre–, mientras defeccionan los mencheviques conciliadores y los SR. Sólo los “SR de izquierda” se sumarán al gobierno soviético, aunque por poco tiempo.

Años después, Trotsky, fiel a la estrategia revolucionaria (al auténtico leninismo), y discutiendo contra el ultraizquierdismo del estalinismo en Alemania (que impidió el frente único entre obreros comunistas y socialistas, debilitando a la clase obrera ante el ascenso de Hitler al poder), proponía ver el frente único de lucha y sus formas “superiores”, los soviets, como fundamentales… sin hacer ningún fetichismo –al igual que Lenin, quien veía los comités de fábrica como otro organismo de masas que podía jugar un papel revolucionario de ellos– y señalando la necesidad estratégica del accionar de partido allí: “pensar que los soviets pueden ‘por sí mismos’ dirigir la lucha del proletariado por el poder, lleva a propagar un fetichismo grosero del soviet. Todo depende del partido que dirija los soviets. […] los bolcheviques-leninistas [es decir, la oposición trotskista al estalinismo, N.de DP] no niegan al Partido Comunista el derecho a dirigir a los soviets: al contrario, declaran que sólo sobre la base del frente único, sólo a través de las organizaciones de masas podrá el Partido Comunista conquistar una posición dirigente en los futuros soviets y conducir al proletariado a la conquista del poder” (“¿Y ahora? Problemas vitales del proletariado alemán”, en La lucha contra el fascismo en Alemania, CEIP “León Trotsky/Ediciones IPS, 2013, p. 158).

Para finalizar, Borón debería recuperar entonces al verdadero Lenin, y no darnos uno de ciencia-ficción: un Lenin sin partido. (Mayor propuesta-oxímoron no hay.)

Lenin siempre dijo que el proletariado, con organización era todo; y que sin organización, era nada. Si alguna actualidad tiene su legado –ahora que estamos transitando una crisis económica internacional, con el despertar de las masas en varios países–, es el de recuperar esa gran experiencia histórica del saber combinar los organismos de tipo soviético (de agrupamientos, de frente único de lucha, de auto-organización, etc.) con una organización que posea una estrategia y programa intransigentes, junto a tácticas flexibles, para desarrollar la lucha de clases contra la burguesía y sus agentes.

¿Fueron los negros de mierda?
Por Biblioteca Popular de Bella Vista – Wednesday, Dec. 04, 2013 at 1:37 PM

Posicionamiento de la Biblioteca Popular de Bella Vista ante los hechos sucedidos en Córdoba

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Grupos organizados, numerosos, violentos, asaltaron comercios de la ciudad de Córdoba durante la tarde del 3 y la madrugada del miércoles 4 de diciembre. La Policía estuvo acuartelada, ausente de las calles y a media mañana se avanza en la solución de un requerimiento salarial que se arrastró sin respuesta durante varios días.

Algunos grupos motorizados y coordinados tumbaron en dos horas el orden público que tanto defienden los gobiernos capitalistas. La situación de los saqueos –de centenares de supermercados, tiendas de ropa, locales y localcitos– dio lugar a la noticia más relevante, no sólo lo robado, las pérdidas, ni los peligrosos enfrentamientos entre pobres, sino la reacción social, progresiva y en aumento, contra el caos que reinó en la ciudad.

Esta reacción lógicamente tuvo como objeto individualizar a los saqueadores, atacarlos y defender los negocios. Miles de personas armaron barricadas, persiguieron motos y autos, linchando cada vez que pudieron a los que efectuaban saqueos. Al grito de fuera negros de mierda, los pequeños y medianos comerciantes corrían a punta de palos, escopetas y pistolas a las motos que iban y venían en todos los barrios de Córdoba.

A la par de las medidas que tomaban por su cuenta los dueños de los comercios, se instaló un reclamo común: que las fuerzas represivas vuelvan a ocupar su lugar, abandonado por un acuartelamiento que sostiene la Policía de la Provincia de Córdoba desde la mañana del martes, en el marco de un reclamo salarial.

A la luz de los hechos es posible sacar algunas conclusiones:

1) Nunca en la historia de los saqueos se dieron características como ahora, de extrema coordinación entre los grupos que accionaron. Tal fue el grado de organización que algunos sitios comerciales gozaron de una especie de extraña suerte. Hiper Libertad, Paseo del Buen Pastor, Patio Olmos, Dinosaurio Mall, no sufrieron saqueos. Otro dato: a medida que las barricadas de los comerciantes se fortalecían, los grupos se dirigían hacia otros sitios más liberados.

2) Nunca antes la gente se trasladó en camionetas, autos y motos para saquear. Habitualmente se dieron de dos modos: saqueos más organizados, en las puertas de los grandes centros comerciales; saqueos más espontáneos, en los locales más cercanos al punto de residencia de las personas que impulsaron las acciones.

3) La Policía de la Provincia sufrió hace poco tiempo una dura acusación que puso al descubierto el entramado de corrupción y la relación de las fuerzas policiales con el crimen organizado, lo que repercutió negativamente en cuanto al prestigio y el apoyo social hacia la Institución . En ese marco, las fuerzas policiales deciden acuartelarse y liberar de todo control el espacio público.

4) A partir de la intransigencia del ejecutivo provincial ante los reclamos de su principal fuerza de control social, se resiente su vinculación con los dueños del gatillo fácil, de la persecución de los pibes, las redes de trata de personas para la explotación sexual, las redes de narcotráfico, las torturas en cárceles y comisarías, la defensa de los intereses de las patronales y los monopolios nacionales y extranjeros.

5) La acuciante situación social, caracterizada por el hambre, la desocupación y la inaccesibilidad a los bienes de consumo masivos (televisores, electrodomésticos, bebidas alcohólicas, ropa de marca, alimentos de alto valor económico, vehículos y motocicletas…), fue la base material para que se desarrollaran los focos de saqueo iniciados en toda la ciudad. Base que se seguirá solidificando a partir de las nuevas medidas de ajuste de Capitanich y Kicillof, a nivel nacional, y de los impuestazos en Córdoba (mantenimiento del medidor de Aguas Cordobesas: ¡500 pesos del bolsillo de los usuarios!).

6) Los focos del saqueo comenzaron todos de la misma manera, en franjas horarias simultáneas y tuvieron un modo similar: llegaba un auto con personas que rompían los vidrios y por atrás decenas de motos cargaban en el baúl del vehículo los productos, situación que duraba hasta que los grupos de personas que defendían los locales comerciales se hacían presentes en el lugar. Aparte de los focos, que superaron un centenar en toda la ciudad, se produjeron otras réplicas con características independientes.

Se puede sacar una conclusión más general: esta jornada de saqueo estuvo caracterizada por la simultaneidad y semejanza de los procedimientos, el caos y la reacción social que generó, y por el gran alcance que tuvo. Se llevó a cabo en medio de una reivindicación de las fuerzas represivas de la provincia, que exigen un aumento de sueldo y, sin lugar a dudas, legitimar su rol en la sociedad. Y se concretó corto tiempo después de hacerse pública una denuncia del Ejecutivo sobre la vinculación organizada entre la cúpula de la organización policial y las bandas narcotraficantes.

Lo que resta analizar y evaluar es la denunciada relación entre las organizaciones del narcotráfico y la institución policial y en qué medida el “desmadre” de anoche es un aviso de lo que pasa cuando el “poder” político pretende socavar las fuentes de ingresos de su propio aparato represivo. ¿Por qué vías y con qué consecuencias se restablecerá la fuente de ingresos del brazo policial del poder capitalista?.

Los pobres son de nuevo el hilo más fino por donde se corta el asunto. No van a ser las patotas que golpean a favor de Monsanto, los exponentes del crimen organizado, ni los verdaderos responsables de la grave situación social y económica que se vive en todo el país: los políticos que gobiernan para intereses sectoriales. Son una vez más los habitantes de los barrios marginalizados los que tienen que salir a explicar que no formaron parte de los saqueos, porque todos los dedos acusadores apuntan hacia el mismo lugar.

Eso sí, Monsanto, la Barrick Gold y Chevron tienen licencia para saquear. Y cuando el pueblo se levanta salen los gorditos de uniforme y las patotas a defender el saqueo legalizado por el Estado.

Miércoles 4 de diciembre de 2013

Susana Fiorito

Presidenta FPM y BPBV

(0351) 468 35 89

Transmitido en directo el 19/11/2013

En el mes aniversario de la revolución más importante del Siglo XX, transmitimos la presentación del libro Octubre, escritos sobre la Revolución Rusa. Narrada por León Trotsky, uno de sus máximos dirigentes para que los obreros y estudiantes del mundo se apropien de sus principales lecciones.

La presentación estuvo a cargo de Christian Castillo, diputado electo por el PTS en el FIT, y Eduardo Grüner, sociólogo y ensayista, miembro del consejo editorial Ideas de Izquierda.

spartakusbund_1916* 9 de noviembre de 1918: abdica el káiser Guillermo II, en medio de una feroz crisis que sacude toda Alemania, tras 4 años de sangrienta guerra (imperialista). Se forman consejos de obreros, en las ciudades, y de soldados, con su vanguardia en los marineros. Comienza la rebelión contra los altos mandos de las fuerzas armadas.

Es la revolución social.

** En conmemoración de la Revolución de 1918 en Alemania (proceso que, como definió con gran precisión Trotsky en su libro La revolución permanente, “no fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa, sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia, o, por decirlo con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el proletariado, formas pseudodemocráticas” –y ahí está la feroz represión del gobierno que “odia la revolución”, de los “socialistas” Ebert y Noske, y los asesinatos de los grandes revolucionarios Rosa Luxemburg, Karl Liebkencht y Leo Jogiches como “botones de muestra”–) queremos compartir con los/as lectores/as de este blog –a manera de “anticipo”– un fragmento del capítulo 13 de la biografía de Paul Frölich Rosa Luxembrg. Vida y obra (que incluye una Presentación de Andrea D’Atri), que saldrá de imprenta muy pronto, en pocas semanas, desde Ediciones IPS.

*   *   *

E1 día 20 de octubre se decretó una amnistía general para los presos políticos. Karl Liebknecht salió el 23 de octubre. La Asociación de Trabajadores Berlineses lo recibió triunfalmente. Pero la amnistía no valía para Rosa Luxemburg. No era una prisionera política, no había sido sentenciada, “solamente” estaba cumpliendo un arresto preventivo y continuaría cumpliéndolo. Precisamente por esas fechas se renovó el mandamiento de detención. ¿Era porque en esta era de la democratización los militares debilitados seguían siendo más fuertes que el gobierno o porque el gobierno pensaba que tenía bastante ya con un solo enemigo, Karl Liebknecht? Mientras la antigua Alemania se desmoronaba, Rosa Luxemburg pasó otras dos semanas en prisión. La impaciencia la devoraba y solamente a costa de un supremo esfuerzo consiguió mantener la habitual serenidad exterior y no dar a nadie la ocasión de triunfar en el espectáculo de su impotencia.

Noviembre

Los acontecimientos se precipitaron. El frente se hundía. El 26 de octubre, Ludendorff, el verdadero hombre fuerte de Alemania, tuvo que huir al extranjero provisto de un pasaporte falso. El 28 de octubre el Almirantazgo sufrió un nuevo acceso de delirio. Pretendía salvar “el honor de la Marina” y poner en juego las vidas de 80.000 hombres en una alocada “batalla decisiva” en el mar. Este fue el golpe de gracia. La flota estaba mucho más influenciada por el fermento revolucionario que el ejército. En 1917 había llevado a cabo una acción perfectamente organizada en favor de la paz y habían aportado los primeros mártires. Los marineros Reichpietsch y Köbis habían sido condenados a muerte por amotinamiento y alta traición y fusilados el 5 de septiembre al tiempo que se encarcelaba a más de cincuenta cómplices condenados a terroríficas penas de privación de libertad.

Pero en casi todos los barcos continuaba habiendo consejos clandestinos de marineros que miraban con desconfianza al cuerpo de oficiales. Los marinos estaban aún dispuestos a repeler un ataque del enemigo, pero no a embarcarse en insensatas aventuras. Cuando la flota fue reagrupada en alta mar y se dio la orden de disponerse para el combate, los fogoneros apagaron todas las calderas y obligaron que regresase al puerto. Los oficiales habían perdido el mando. Pero una vez en tierra intentaron imponerse de nuevo. Seiscientos marineros fueron detenidos. Entonces estalló la revuelta. Los marineros se aliaron con los trabajadores de Kiel. El movimiento se amplía en los días siguientes hasta la huelga general en las fábricas y los barcos. El 4 de noviembre el Gobernador de Kiel fue obligado a dimitir. Un consejo de marineros y trabajadores se hizo cargo de la ciudad. El gobierno creía aún que se trataba de un simple motín y envió al socialdemócrata Noske a que impusiera un poco de orden. Pero era la revolución, que, como un voraz incendio se extendía de ciudad en ciudad por todo el país.

Karl Liebknecht había trabajado febrilmente durante esas dos semanas. Había observado atentamente el ambiente que reinaba entre los trabajadores y los marineros, los había incitado a la acción en el curso de las asambleas de fábrica. Había sido aceptado en la organización berlinesa de los Revolutionäre Obleute (delegados revolucionarios) que reagrupaba, después de la huelga de enero, a los delegados sindicales de las fábricas y representaba a la vez el germen de un consejo obrero y de una dirección para la acción. Esta organización había sostenido sesiones casi diarias en las que se había preparado la insurrección. La policía se dedicaba a la caza de sus miembros, especialmente de Karl Liebknecht. Él no podía regresar a su casa, se veía obligado a dormir en el banco de alguna taberna de trabajadores y en ocasiones tuvo que ocultarse en el bosque de Treptow para escapar a sus perseguidores. Tenía conflictos con la dirección de los delegados, pensaba en la movilización de grandes masas, manifestaciones de trabajadores a las que había que arrastrar a los soldados, en propaganda en las fábricas y en los cuarteles. Pero entre los más audaces de los delegados no tenían en la cabeza más que conspiraciones. Querían una insurrección que obedeciese a un plan minuciosamente trazado, contaban los revólveres que disponían y los preparativos técnicos no terminaban nunca. Su lema era: ¡O todo, o nada! Y los vacilantes se unían a ellos, porque eso significaba: ¡Nada! Repetidas veces se estableció la fecha del levantamiento y repetidas veces se aplazó. Finalmente, esta dirección tuvo el tiempo justo para ponerse a la cabeza de los trabajadores berlineses, a quienes ya nadie podía contener. Una confirmación más de la idea de Rosa Luxemburg de que las revoluciones no pueden ser “hechas” sino que emanan de la voluntad de las masas cuando la situación está madura, que la preparación más astuta del primer golpe nunca está acabada y que la hora decisiva corre el riesgo así de quedar fallida.

Para Berlín, que estaba cercado por la revolución por el norte, el sur y el oeste del Reich, la trompeta revolucionaria sonó el 9 de noviembre. Fue la señal decisiva para todo el país. Por la mañana, cientos de miles de obreros abandonaron las fábricas. Ante ellos se desvanecía cualquier idea de resistencia. Capitularon frente a ellos incluso los grupos de oficiales preparados especialmente para la guerra civil. Guillermo II huyó a Holanda. Max von Baden anunció la abdicación del Kaiser y la renuncia del príncipe heredero a ocupar el trono. Junto con los dirigentes socialdemócratas albergaba la esperanza de salvar así la corona para algún otro Hohenzollem. El príncipe otorgó sus funciones de canciller del imperio al jefe del partido socialdemócrata Ebert, que la aceptó y le aseguró: “¡Odio a la revolución como a la peste!”. Entretanto, desde el balcón de palacio, Karl Liebknecht proclamaba ante las inmensas masas de trabajadores la República Socialista. Pocos minutos antes, y desde las ventanas del Reichstag, Scheidemann proclamaba la República alemana.

En los cuarteles y en las fábricas se elegían los consejos, se formó un Comité Ejecutivo de los Consejos de Obreros y de Soldados, reivindicando el poder supremo en Alemania. Todas las instituciones estatales fueron ocupadas por gentes de confianza de la clase trabajadora. Las cárceles fueron tomadas por asalto, entre muchos otros fue liberado Leo Jogiches.

Una vez que Berlín estuvo en manos de la revolución, esta se extendió casi automáticamente a todas las grandes ciudades. En Breslau los obreros fueron a abrir las puertas de la prisión. Rosa Luxemburg alcanzó definitivamente la libertad el día 8 de noviembre. Desde la cárcel se dirigió a una manifestación de masas que la aclamaba desde la plaza de la catedral. El día 10 de noviembre llegó a Berlín. ¡Con qué alegría y con qué melancolía fue saludada por sus amigos de la Spartakusbund! Ahora veían lo que habían significado para ella estos años de cárcel. Estaba envejecida, enferma. Sus cabellos, en un tiempo bellamente negros, eran ahora grises. Pero en sus ojos brillaba el antiguo fuego, la antigua energía. Y aunque necesitaba urgentemente tranquilidad y descanso, a partir de este momento no hubo para ella un solo instante de calma. Aún quedaban frente a ella dos meses de vida y fueron meses en que esforzó hasta el límite todos sus recursos físicos e intelectuales. Sin pensar un solo instante en la propia salud y seguridad, sin una sola concesión hacia sus deseos personales, cargada de energía y de pasión se lanzó a la lucha y participó en “el espectáculo hechizante en colores y fascinante, exaltante y grandioso de la revolución”.

Fue con una profunda sorpresa que muchos contemplaron cómo esta pasión ardiente y esta voluntad indomable de actuar se desarrollaba; muchos que no estaban luchando en el mismo lado de la barricada no podían dejar de sentir simpatía por la personalidad de Rosa Luxemburg. Les parecía que Rosa había perdido toda medida, que ella desconocía completamente la realidad, que tenía ceguera para percibir los límites de lo posible, que se rompería la cabeza si es que ya no la había perdido. Que ella imitaba sin reservas el ejemplo ruso, sin comprender que las condiciones eran otras. Si se investiga argumento por argumento los fundamentos de estas afirmaciones queda de manifiesto una completa incomprensión frente a toda política revolucionaria. No quiere esto decir que la política de Spartakusbund y la de Rosa Luxemburg careciesen completamente de errores en aquella época tempestuosa. Quien haya de adoptar decisiones en medio de la caótica pugna de gigantescas fuerzas de clases dará pasos en falsos a pesar de que tenga una visión genial de la situación objetiva. Y quien tenga el valor de tomar decisiones audaces, quien no se deje arrastrar al remolque por los acontecimientos, tendrá que adelantarse a menudo a las relaciones de fuerzas para alcanzar precisamente una situación más favorable. Una revolución que asalta con creciente furia entierra junto con los escombros del antiguo orden también los errores del partido revolucionario, y transforma en realidad aquello que unos instantes antes no eran sino las ilusiones optimistas de la vanguardia militante.

La actitud fundamental de Rosa Luxemburg venía determinada por la ley vital de toda revolución que ella misma formuló: “o avanzar rápida y resueltamente hacia adelante, derribando con mano férrea todos los obstáculos y poniendo sus miras en metas cada vez más elevadas, o ser fuertemente rechazado por detrás de su frágil punto de partida y aplastada por la contrarrevolución”. Su temperamento revolucionario fue una vez más sometido y dominado por la razón en estos días en que los acontecimientos se precipitaban. A pesar de todo el primer período revolucionario finalizó con una severa y, a la larga, decisiva derrota pero esto fue menos consecuencia de los numerosos errores cometidos en el campo revolucionario que a la situación extraordinariamente difícil en que esos errores mismos tuvieron lugar.

 

http://edicionesips.com.ar/?p=862

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Tapa Valencias-CPor Cecilia Feijoo

Recientemente la editorial Eterna Cadencia ha publicado el libro Valencias de la dialéctica de Fredric Jameson. Intentar reflexionar sencillamente sobre este libro es una tarea inabordable. En esta nota solo podré expresar algunos ejes o nudos temáticos por los que atraviesan las casi 700 páginas del libro, en un recorrido intelectual que llega hasta nuestro presente (esta obra además se complementa con dos anexos, uno sobre Marx, Representar El Capital, ya publicado por FCE, y otro sobre Hegel, aún no publicado en castellano). Jameson nos comparte una exploración cuyo seguimiento, a la vez dificultoso y maravilloso, es quizás la más interesante y compleja defensa del pensamiento dialectico desde una perspectiva marxista del siglo XXI. De aquí que amerite su lectura y su debate.

Esta nota de lectura pretende solo hacer un resumen del acápite inicial del libro, retomando aquellos que nos sugiere una confirmación de cierta compresión de la dialéctica que compartimos, así como de aquellas reflexiones nuevas que nos abren y llevan hacia otros lugares. Veremos poder continuar con los apartados significativos de la obra, así como, luego de atravesar los aportes del autor, abrir la posibilidad de una lectura crítica. Empezaremos entonces por donde comienza el propio autor, su punto de partida que es, en definitive, el resultado, a la manera hegeliana, de su exploración.

El libro comienza atravesando los distintos sentidos de nombrar la dialéctica. El capitulo de hecho se llama Los tres nombres de la dialéctica y supone el número tres como predilección por lo tripartito, porque a su vez está dividido en tres acápites, siendo el primero de ellos: 1. La dialéctica. Hay tres sentidos iniciales que Jameson asocia al nombrar dialéctica y son los sentidos más simples de los que parte el autor:

El primero es el de la dialéctica “con artículo”, algo así como “La” dialéctica” con  mayúscula, aquella que se asocia a la filosofía, al sistema, el método, la fenomenología, y cuyo autores no evitables son Hegel y Marx.

Luego está la dialéctica pero “sin artículo”, bajo la cual Jameson refiere los “momentos dialecticos” de las “filosofías no dialécticas o inclusive antidialecticas” como las de Foucault, Derrida o Deleuze.

Un tercer término es el de la dialéctica como “adjetivo”, la que se utiliza para clarificar momentos de “perplejidad no dialéctica y para cuestionar procesos de pensamientos establecidos (como el principio de no contradicción)”.

El primer acápite esta centrado a desarrollar de manera concentrada esto que rechaza Jameson de esta dialéctica “con artículo”, así como también cuáles son los sentidos asociados a esta nominación que no pueden ser descartados ni transfigurados. De entrada Jameson nos indica que esta dialéctica “con artículo”, tiene múltiples identificaciones, y una de estas es el “materialismo dialectico” como ideología “oficial” de la URSS, cosa que hoy puede estar enterrada pero que tuvo su vitalidad como materialismo vulgar o metafísica materialista a lo largo del siglo XX. Este significado también puede se encontrado para Jameson en cierta pretensión de Engels de “aplicar” la dialéctica a todo, incluido la naturaleza, y de construir un sistema, de modo que el marxismo pareciera una “filosofía”, algo que Marx no hizo ni pretendió hacer.

Pero como hay que criticar la dialéctica “con artículo” Jameson parte de clarificar los sentidos que el propio Hegel da a la dialéctica, y es aquí cuando nos dice que en Hegel este concepto está asociado a dos tendencias: por un lado al pensamiento dialéctico propiamente dicho como se expone en la Fenomenología del espíritu de 1807; por otro, está el sentido que adopta como hegelianismo, corriente que el propio Hegel y sus discípulos se encargaron de construir y que comparte su contenido de ideología, junto a todos los otros “ismos”. Recuperar el sentido productivo de la dialéctica, el primer sentido y rechazar su segunda nominación será el intento que atravesará todo el libro del marxista británico, y esta misma operación será luego aplicada al propio Marx, intentar recuperar su pensamiento dialectico separando todo intento de cosificarlo en un sistema filosófico o una disciplina académica. Para Jameson, de hecho, los variados ataques que proliferaron y proliferan, por causas distintas en Europa y EEUU, contra el pensamiento dialéctico en realidad son ataques al hegelianismo como ideología, y cabe una vez más extender esta lógica a los ataques contra el pensamiento de Marx.

Jameson continua su exposición clarificando el espacio desde donde el pretende hablarnos, y para ello establece una clara distancia -ruptura con lugar del académico, para reivindicar un espacio marxista tendiente a unificar teoría y práctica-. Para Jameson es el deseo irreprimible de asociar todo pensamiento a una “fuente con nombre”, como asociar el pensamiento dialectico con Hegel, el emergente de una fuerte presión del medio académico.  Para despojarse de la “cita consagrada” que es ley en los papers y estudios académicos Jameson se apropia de Bourdieu y su descripción del Homo Academicus para poner en entredicho esta presión y ubicar el lugar desde el cual pretende hablar. Jameson va a reivindicar la constitución de un espacio autónomo en “la teoría como forma de escapar de las cosificaciones de la filosofía así como contra la mercantilización del mercado intelectual” [19]. La teoría para Jameson “debe ser entendida como el intento perpetuo e imposible de descosificar el lenguaje del pensamiento, y de adelantarse a todos los sistemas e ideologías que inevitablemente resultan del establecimiento de una terminología fija” [19]. Esta certeza critica lo lleva a derrumbar la idea del concepto como independiente y autónomo de la historia y la experiencia. Pretende, por el contrario, buscar una teoría que parta de los conceptos como conceptualizaciones de una clase concreta y una acción al interior de la historia de clase. Su marxismo y su dialéctica parten de rechazar el mundo de fijaciones no contaminadas, rechazar la filosofía como disciplina consagrada por la “división del trabajo manual e intelectual” y toda idea de dialéctica como sistema cerrado o fijo. Este rechazo busca su afirmación como una praxis que concibe que el concepto está “siempre abierto”, siempre contaminado por “realidades que le son externas”. Solo desde este espacio puede abrirse a buscar “explorar otras posibilidades: por un lado, la noción de una multiplicidad de dialécticas locales; y por otro una concepción de la ruptura radical que constituye el pensamiento dialectico como tal” [20].

En el siguiente momento, luego de habernos planteado la necesidad de derrumbar toda fijación o cosificación del concepto, y por ello haber rechazado la sistematización doctrinal, Jameson afirma que, sin embargo, esta toma de posición no significa emanciparse de manera a-dialéctica de toda pretensión de sistematicidad del marxismo, ni transportarse a un lugar de disputas meramente textuales o verbales. Tampoco se trata de abandonar los nombres propios como “marxismo” o socialismo para adoptar entonces otras referencias y un lenguaje despojado de “visión del mundo”. Jameson deslegitima las transformaciones de lenguaje que llevan a rendiciones frente a la mercantilización, así como rechaza “trascodificaciones” (como la de dictadura del proletariado en la más aceptable “democracia radical”) que terminan en un lugar muy lejano al que pretendían arribar. Así el autor se siente colocado frente a un dilema que “nos coloca en una contradicción en la cual no utilizar la palabra es fracasar políticamente, mientras que utilizarla es impedir todo éxito por anticipado”. Y frente a esta dicotomía se propone seguir “una tercera opción”: desplegar un lenguaje cuya lógica interna sea precisamente la “supresión del nombre y el mantenimiento de un espacio para la posibilidad”, algo que hará de la lectura de su libro un complejo recorrido a través de afirmaciones y fijaciones que luego serán “derrumbadas”, a la manera de las peripecias del pensamiento dialectico que el propio Hegel hace en su Fenomenología.

Al transitar estas delimitaciones del espacio desde el cual nos habla el autor, Jameson prosigue su exposición. Para él el costado “productivo” de las pretensiones científicas o metafísicas de la “dialéctica” y el “marxismo” residen en el hecho de que no puede omitirse la doctrina sin “transformarla completamente y perder su originalidad y sus implicancias más radicales” [23]. El cambiar ciertos conceptos debe enfrentarse a lo que se pierde y se gana. Recurre como ejemplo de ello a los intentos de independizarse de “la dialéctica”, intentos que para Jameson ponen en juego en realidad la “fe en el sentido común o pensamiento no dialectico”, que el propio Hegel había identificado con el entendimiento (Verstand) y que en el marxismo deviene ese “fenómeno mucho más especializado y limitado llamado cosificación” [24].

Mas tarde, en el siguiente capítulo, Jameson definirá el lugar que este momento no-dialectico para Hegel, el del Verstand, tiene dentro del pensamiento dialectico y el rol central que juega para Jameson en el capitalismo de lal actualidad. Es interesante tal vez remarcar que es aquí donde el autor encuentra en un primer momento la irreprimible existencia de eso que podemos llamar “la materia”, y a pesar de que Hegel muestre un constante desprecio por ella, el pensamiento del entendimiento siempre estará allí para hacer caer en el error a la conciencia. El entendimiento en Hegel es en el dominio del Ser el pensamiento de la cosa, con sus fijaciones y determinaciones. Pero es en la critica a Kant y su distinción entre forma y escencia donde Hegel pone en movimiento el fluir de esas categorías y fijaciones como no meras adherencias externas del pensamiento a la cosa, y avanza en la disolución de esta dualidad entre materia y forma a través de la reflexión y la autoconciencia. “La conciencia de lo otro, de un objeto en general, es, ciertamente, ella misma de manera necesaria una autoconciencia, ser-reflectido en sí, conciencia de sí mismo precisamente en su ser-otro” dice Hegel en su Fenomenología [FE, 271]. Por ello dice Jameson, el Verstand, que es el pensamiento de la cosificación es el villano de la historia para Hegel, y para el autor es necesario apropiarse de este Hegel que es el del Verstand y el de la dialéctica sin superación (sin Afhebung) [113] .

Luego de este paréntesis nos topamos con el desarrollo d el significado que tienen dentro del marxismo ciertas exclusiones. En este punto Jameson retoma la “recapitulación” que hace Engels de las leyes de la dialéctica en Filosofía de la naturaleza (ley de transformación de la cantidad en cualidad y viceversa, de la interpelación de los opuestos y de la negación de la negación) y cuestiona el hecho de haber sido diseñadas para señalar una suerte de aplicabilidad general del hegelianismo a la economía, a la historia y a la política, terrenos en los que se pretende buscar “atisbos de esas mismas regularidades en funcionamiento” [24]. Señala también la pretensión de Engels de dar credenciales “filosóficas” al marxismo, algo que Jameson rechaza desde un inicio. Por ultimo, señala que más allá de cuán práctica haya sido esta sistematización de Engels, sus leyes excluyen de la definición de marxismo cuestiones fundamentales como la de clase social, contradicción, o la distinción entre base /superestructura.

Cuestiona además que el concepto de ley no puede derivarse directamente del propio Hegel, al menos en el tratamiento que hace de ella en la Fenomenología del espíritu (y que es una de sus cuestiones mas “serias”). La ley presupone una noción de mundos internos y externos, de un mundo de apariencias o fenómenos que se corresponde con una esencia interior que los subsume, así una ley “ajusta la contingencia empírica de los hechos a la universalidad abstracta” [25]. Pero este intento en Hegel está sometida a un frenesí interior que tiene que ver con la individualidad y la universalidad, con leyes subjetivas como la “ley del corazón” y las leyes universales como la astucia de la razón. Para Jameson Hegel pareciera demostrar en realidad que “se propone destruir el concepto de ley antes que ofrecer la oportunidad de formular leyes nuevas”. La implicancia de que se pueda proyectar un sistema filosófico de la dialéctica tiene que ver para Jameson con una pretensión distorsionada de una exigencia dialéctica bastante diferente: la de totalidad. Y es en la relación del pensamiento dialéctico con esta idea unificadora la que se confunde, basta decir concluye el autor, que es el capitalismo el que constituye la totalidad y la fuerza unificadora y que por ello la dialéctica no se vuelve históricamente visible hasta el surgimiento del capitalismo. De ello se deriva usos y desventajas de la dialéctica, y que para el autor sería profundamente no dialectico excluir esta descripción (como la de Engels) no dialéctica de la dialéctica de toda explicación verdaderamente dialéctica de la dialéctica”.

Hasta acá las coordenadas fijadas por el autor en el primer acápite del primer capitulo de una obra que intenta, de manera heterodoxa, recuperar y clarificar el sentido del pensamiento dialéctico para el marxismo.

Leemos en el flamante número 1 de la revista mensual de política y cultura Ideas de Izquierda:

[…] Todos los/las paseantes (con la única excepción de algún turista yanqui desconcertado) aplauden calurosamente. En los cafés, los kebabs y los restaurantes (esto sucedió siempre durante la semana que estuve allí) cada diez o quince minutos alguien levanta su copa y un tenedor, empieza a golpear, el resto de los comensales se une en un cacerolazo espontáneo. Todos cantan: no entiendo la letra -mis conocimientos de la ardua lengua turca son tirando a nulos- pero juro que la música es Que Se Vayan Todos (el hijo de mi compañera lleva puesta la camiseta de la selección argentina: entre la referencia al “argentinazo” y el amor por “Marrradonna”, se transforma en el líder del kebab). El clima es abrumadoramente alegre y festivo, como si ese pueblo ya inveteradamente vital y expresivo hubiera encontrado una razón más para sus impulsos. Está el miedo a la represión, desde ya: una estudiante con la cara tapada (no con velo, sino con barbijo) se nos acerca -no podemos ocultar que somos extranjeros turistas- y nos advierte, en un inglés básico pero comprensible, que no vayamos hacia Taksim, que la cosa está heavy. Le agradecemos la solidaridad, sin decirle que tenemos la intención de hacer justamente eso, con las prudencias del caso. […]

* Acá pueden leer la editorial del número 1, y el sumario completo.

** Y acá un reportaje a Christian Castillo -miembro del Consejo editorial- sobre el proyecto de la revista.

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Leemos en Sin Permiso:

El corresponsal de la revista Time en Beijing, Michael Schuman, ofrece en la sección de “Negocios y dinero” del conservador semanario norteamericano esta angustiada y reveladora reflexión sobre el mundo actual.

Karl Marx parecía muerto y enterrado. Con el hundimiento de la Unión Soviética y el gran salto chino hacia el capitalismo, el comunismo se desvaneció hacia los mundos pintorescos de las películas de James Bond o hacia el mantra manipulado sobre Kim Jong Un. El conflicto de clase que Marx consideraba como determinante en el curso de la historia parecía desvanecerse en una era próspera de libre comercio y libre empresa. El inabarcable poder de la globalización conectó las más remotas esquinas del planeta con los lucrativos bonos de las finanzas y las industrias deslocalizadas y sin fronteras, ofreciendo a todo el mundo, desde los gurús tecnológicos de Sillicon Valley hasta las campesinas chinas, amplias oportunidades de hacerse rico. En las últimas décadas del siglo XX, Asia batió quizá el mas notable récord de reducción de la pobreza de la historia de la humanidad, todo ello gracias a las muy capitalistas herramientas del comercio, la iniciativa empresarial y la inversión extranjera. El capitalismo pareció cumplir sus promesas de elevar a todo el mundo hacia nuevas cotas de riqueza y bienestar. O eso llegamos a creer…

Con la economía global en una larga crisis, y con trabajadores de todo el mundo víctimas del desempleo, la deuda y el estancamiento de sus ingresos, la aguda crítica de Marx al capitalismo (que el sistema es intrínsecamente injusto y autodestructivo) no puede ser tan fácilmente descartada. Marx teorizó que el sistema capitalista empobrecería inevitablemente a las masas, a medida que la riqueza se concentraría en las manos de la codicia de unos pocos, causando crisis económicas y reforzando el conflicto entre los ricos y las clases trabajadoras. Marx escribió que “la acumulación de riqueza en un solo polo genera al mismo tiempo en el polo opuesto la acumulación de miseria, trabajo duro y agónico, esclavitud, ignorancia, brutalidad y degradación mental”.

Un expediente cada vez más rebosante de pruebas sugiere que podría haber estado en lo cierto. Lamentablemente, son evidentes las estadísticas que demuestran que los ricos son cada vez más ricos, mientras que la clase media y los pobres cada vez son más pobres. Un estudio hecho en septiembre por el Economic Policy Institute (EPI) en Washington señaló que la media anual de ingresos reales de un hombre trabajador a tiempo completo en los EEUU en 2011, unos 48.202 dólares, era inferior a la de 1973. Entre 1983 y 2010, el 74% del aumento de la riqueza en los EEUU fue a parar a las manos del 1% más rico, mientras que el 60% más pobre sufrió un declive, según cálculos del EPI. No sorprende así que algunos estén repasando lo que escribió el filosofo alemán en el XIX. En China, el país marxista que dio la espalda a Marx, Yu Rongjun se inspiró en los acontecimientos actuales para escribir un musical basado en el clásico El Capital de Karl Marx. “Uno se da cuenta de que la realidad encaja con lo que escribió en su libro”, asegura el dramaturgo.

Eso no significa que Marx acertara completamente. Su “dictadura del proletariado” no funcionó como estaba planeado. Pero las consecuencias de este aumento de la desigualdad, son exactamente como lo predijo Marx. La lucha de clases ha regresado. El enfurecimiento de los trabajadores en el mundo va en aumento y exigen su justa parte de la economía global. Desde el suelo del Congreso de los EEUU hasta las calles de Atenas, pasando por las asambleas del sur de China, la actualidad está siendo sacudida por una escalada en la tensión entre el capital y el trabajo, en unos niveles inéditos desde las revoluciones comunistas del siglo XX. Cómo se resuelva este conflicto determinará la dirección de la política económica global, el futuro del estado del bienestar, la estabilidad política de China, y quién tendrá el mando del gobierno desde Washington hasta Roma. ¿Qué diría Marx de lo que hoy acontece? “Algo parecido a: os lo advertí”, asegura Richard Wolff, un economista marxista en laNew School de Nueva York. “La desigualdad de ingresos está produciendo un nivel de tensiones que no había visto en mi vida”.

Las tensiones entre clases económicas en los EEUU están claramente al alza. La sociedad se muestra dividida entre el 99% (la gente normal que lucha para salir adelante) y el 1% (los privilegiados, bien conectados y muy ricos que cada vez lo son más). En una encuesta del Pew Research Center publicado en año pasado, dos tercios de los encuestados creían que EEUU sufría un conflicto “fuerte” o “muy fuerte” entre ricos y pobres, un aumento significativo de 19 puntos desde 2009, llegando a ser considerada el primer factor de división de la sociedad.

El señalado conflicto ha dominado la política americana. La batalla partidista sobre como arreglar el déficit presupuestario de la Nación ha sido, en gran medida, un conflicto de clase. Cada vez que el Presidente Barack Obama habla de aumentar los impuestos a los americanos más ricos para reducir el déficit presupuestario, los conservadores señalan que está lanzando una “guerra de clase” contra los acaudalados. Así mismo, los republicanos están comprometidos con una guerra de clase por su cuenta. El plan republicano de estabilización financiera sitúa la carga del ajuste en las clases medias y pobres, a través de recortes en los servicios sociales. Obama basó una gran parte de su campaña para la reelección caracterizando a los republicanos como insensibles hacia la clase trabajadora. El Presidente acusó al candidato republicano, Mitt Romney, de tener un plan para la economía norteamericana con un solo punto, “asegurarse que los tipos de arriba jueguen con reglas distintas al resto”.

Sin embargo, en medio de esta retórica hay señales que este nuevo clasismo americano ha cambiado el debate sobre la política económica de la Nación. La teoría del chorreo, que afirma que el éxito del 1% beneficiará al 99% restante, se encuentra bajo grave sospecha. David Madland, un director del Center for American Progress, unthink tank con sede en Washington, cree que la campaña presidencial de 2012 ha hecho emerger el debate sobre la reconstrucción de la clase media, y la búsqueda de una agenda económica distinta para lograr este objetivo. “Toda la forma de concebir la economía está siendo revisada”, afirma. “Noto que se está produciendo un cambio fundamental”.

La ferocidad de la nueva lucha de clases está siendo incluso más pronunciada en Francia. En mayo pasado, a medida que el dolor de la crisis financiera y los recortes presupuestarios hizo que la división entre pobres y ricos se hiciera cada vez más dura, los franceses votaron al Partido Socialista de François Hollande, que una vez proclamó: “no me gustan los ricos”.  Parece haber mantenido su palabra. La clave de su victoria fue su promesa en campaña  de extraer más de los ricos para mantener el estado del bienestar francés. Para evitar los recortes drásticos que otros políticos en Europa han aplicado para reducir la amplitud de sus déficits presupuestarios, Hollande planeó aumentar el impuesto sobre la renta hasta el 75%. A pesar de que su idea fue tumbada por el Tribunal Constitucional del país, Hollande está buscando fórmulas para introducir una medida similar. Al mismo tiempo, Hollande ha enfocado su acción de gobierno de nuevo hacia la gente corriente. Retiró una medida impopular de su predecesor de incrementar la edad de jubilación en Francia, volviéndola a situar en los 60 años para algunos trabajadores. Muchos en Francia quieren que Hollande vaya aún más lejos. “La propuesta fiscal de Hollande tiene que ser un primer paso en la percepción del gobierno de que el capitalismo en su forma actual se ha vuelto tan injusto y disfuncional que corre el riesgo de implotar si no se reforma en profundidad”, asegura Charlotte Boulanger, una experta en desarrollo y ONGs.

Sus tácticas, sin embargo, están generando un contraataque por parte de la clase capitalista. Mao Zedong hubiera insistido en que “el poder político aumenta a partir del cañón de un arma”, pero en un mundo donde das kapital es más y más móvil, las armas de la lucha de clases han cambiado. En lugar de pagar a Hollande, algunos de los más ricos franceses se están marchando, llevándose con ellos empleos e inversiones muy necesarios. Jean Emile Rosenblum, fundador del empresa en línea Pixmania.com, está restableciendo su vida y su nuevo negocio en EEUU, donde siente que el clima es más hospitalario para los empresarios. “El aumento del conflicto de clase es una consecuencia normal de cualquier crisis económica, pero la explotación política de ello ha sido demagógica y discriminatoria”, señala Rosenblum. “En lugar de confiar en los empresarios para desarrollar las empresas y empleos que necesitamos, Francia les está empujando a marcharse”.

La división entre pobres y ricos es quizá mas volátil en China. Irónicamente, Obama y el recientemente instalado Presidente de la China comunista, Xi Jinping, deben hacer frente al mismo desafío. La intensificación de la lucha de clases no es sólo un fenómeno del endeudado y estancado mundo industrial. Incluso en los mercados emergentes que se expanden rápidamente, las tensiones entre ricos y pobres se está convirtiendo en una preocupación de primera magnitud para los políticos. Contrariamente a lo que muchos de los contrariados americanos y europeos creen, China no ha sido un paraíso para los trabajadores. La “fuente de arroz de acero” (la práctica maoísta que garantizaba a los trabajadores un trabajo para siempre) se evaporó junto al maoísmo, y durante la era de las reformas, los trabajadores tuvieron pocos derechos. A pesar de que los ingresos en las ciudades chinas está creciendo substancialmente, el diferencial entre ricos y pobres es extremadamente grande. Otro estudio del Pew revela que cerca de la mitad de los chinos encuestados considera que la división entre ricos y pobres es un gran problema, mientras que 8 de cada 10 está de acuerdo con el propósito de que  en China “los ricos cada vez se hacen más ricos mientras que los pobres se siguen empobreciendo”.

La animadversión está alcanzando un punto de estallido social en las aldeas industriales de China. “La gente de fuera ve nuestras vidas muy prósperas, pero la vida real el la fábrica es muy distinta”, afirma el trabajador fabril Peng Ming en el enclave de Shenzhen en el sur industrial. Con largas horas a sus espaldas, con el aumento del coste de la vida, unos directivos indiferentes y muy a menudo con retrasos en las pagas, los trabajadores empiezan a parecer auténtico proletariado. “La manera en que los ricos obtienen dinero es a través de la explotación de los trabajadores”, afirma Guan Guohau, otro trabajador de la fabrica en Shenzhen. “El comunismo es a lo que aspiramos”. A menos que el gobierno actúe más decididamente para mejorar su bienestar, señalan, los trabajadores querrán de forma creciente actuar por su cuenta”. “Los trabajadores se organizarán más”, predice Peng. “Todos los trabajadores deben estar unidos”.

Eso puede que ya esté sucediendo. Medir el nivel de malestar de los trabajadores en China es difícil, pero los expertos creen que ha ido aumentando. Una nueva generación de trabajadores fabriles, mejor informados que sus padres gracias a internet, se hacen oír más en sus demandas de mejores salarios y condiciones laborales. Hasta ahora, la respuesta del gobierno ha sido ambigua. Los políticos han aumentado los salarios mínimos para incrementar los ingresos, reforzaron la legislación laboral para dar a los trabajadores mas protección, y en algunos casos, les permitieron ir a la huelga. Sin embargo el gobierno sigue desincentivando el activismo obrero independiente, muy a menudo a través del uso de la fuerza. Estas tácticas han dejado al proletariado de China desconfiado de su dictadura proletaria. “El gobierno piensa más en sus empresas que en nosotros”, dice Guan. Si Xi no reforma la economía para que el chino de a pie se beneficie más del crecimiento de la nación, corre el riesgo de encender la llama del malestar social”.

Marx hubiera previsto exactamente este resultado: “a medida que el proletariado tome conciencia de su interés común de clase, hará caer el injusto sistema capitalista y lo reemplazará por un mundo socialista nuevo”. Los comunistas “declaran abiertamente que sus objetivos sólo pueden ser alcanzados con la derrota por la fuerza de toda condición social existente”, escribió Marx. “Los proletarios no tienen nada que perder, salvo sus cadenas”. Hay señales que indican que los trabajadores del mundo están cada vez más impacientes con sus debilitadas perspectivas. Decenas de miles han salido a la calle de ciudades como Madrid y Atenas, protestando contra el desempleo astronómico y las medidas de austeridad que están empeorando las cosas.

Hasta ahora, sin embargo, la revolución de Marx está por materializarse. Los trabajadores puede que tengan los mismos problemas, pero no se están uniendo para resolverlos. El nivel de la afiliación sindical en los EEUU, por ejemplo, ha continuado su declive a través de las crisis económicas, mientras que el movimiento Occupy Wall Street decaía. Los que protestan, señala Jacques Ranciere, un experto en marxismo en la Universidad de Paris, no tienen como objetivo remplazar el capitalismo, tal y como Marx predijo, sino simplemente reformarlo. “No estamos viendo a las clases que protestan pidiendo el derrumbe o la destrucción del sistema sociopolítico actual”, explica. “Lo que el conflicto de clase produce hoy son llamadas a arreglar los sistemas para que sean más viables y sostenibles a largo plazo a través de una mayor redistribución de la riqueza creada”.

Sin embargo, a pesar de estas llamadas,la política económica actual continua alimentando las tensiones de clase. En China, los altos funcionarios han mostrado poca convicción a la hora de reducir el desnivel de ingresos y en la práctica han eludido las reformas que podrían haberlo permitido (en la lucha contra la corrupción, permitiendo la liberalización el sector financiero). Los gobiernos endeudados en Europa han capado los programas del Estado del Bienestar incluso en momentos en los que el desempleo aumenta y el crecimiento se hunde. En la mayoría de casos, la solución elegida para reparar el capitalismo ha sido más capitalismo. Los políticos en Roma, Madrid y Atenas están siendo presionados por tenedores de bonos para que desmantelen la protección de los trabajadores y continúen desregulando sus mercados interiores. Owen Jones, el autor britanico de Chavs: The Demonization of the Working Class [hay traducción castellana en la editorial madrileña Capitán Swing; T.], llama a esto “guerra de clase desde arriba”.

Pocos aguantan la embestida. La aparición de un mercado laboral global ha desarmado a los sindicatos en todo el mundo. La izquierda política, arrastrada hacia la derecha desde el violento ataque del libre mercado de Margaret Thatcher y Ronald Reagan, no ha sabido dibujar un horizonte alternativo creíble. “Virtualmente, todos los partidos progresistas y de izquierdas contribuyeron en algún momento al auge de los mercados financieros, y al retroceso de los sistemas de bienestar para demostrar que también eran capaces de llevar adelante reformas”, señala Rancière. “Diría que las perspectivas de que partidos laboristas o socialistas o gobiernos en cualquier lado vayan a cambiar (mucho menos derribar) los sistemas económicos actuales se han más bien evaporado”.

Eso deja abierta una posibilidad escalofriante: que Marx no sólo diagnosticara correctamente el comportamiento del capitalismo, sino también su resultado. Si los políticos no encuentran nuevos métodos para asegurar oportunidades económicas justas, acaso los trabajadores del mundo decidan, simplemente, unirse. Puede que entonces Marx se tome su venganza.

 

Michael Schuman es, desde 2002, el corresponsal del semanario norteamericano conservador Time en Beijing, China. Especialista en asuntos económicos, antes de trabajar para Time, fue corresponsal del Wall Street Journal y escribió como columnista en la revista de negocios Forbes.

Traducción para www.sinpermiso.info: Ernest Urtasun Domènech

“Muerto y enterrado Pío Nono, la mayordomía de la Puta [el Vaticano] pasó a Gioacchino Vincenzo Pecci, alias León XIII. Con ochenta y seis encíclicas en su haber […] fue el papa más enciclopédico. Su leonina encíclica de 1891 Rerum novarum (De las cosas nuevas) causó furor. Los católicos de su tiempo la ponderaron en los términos más hiperbólicos […] y todavía hoy siguen cacareándola. En 1931 Pío XI hasta le dedicó otra encíclica, la Quadragesimo anno, para conmemorar los cuarenta años de su aparición. ¡Cabrones! […] La Rerum novarum es una encíclica hipócrita, verbosa, mierdosa, digna de una bimilenaria Puta esclavista aliada siempre a los poderosos, y que con ella renovaba la esclavitud alcahueteada por Cristo y predicada por Pablo disfrazándola de justicia social para los nuevos esclavos de la tierra, los de la revolución industrial. ‘Es mal capital en la cuestión que estamos tratando –decía el marrullero en su encíclica– suponer que una clase social sea espontáneamente enemiga de la otra, como si la naturaleza hubiera dispuesto a los ricos y a los pobres para combatirse mutuamente en un perpetuo duelo. Esto es tan ajeno a la razón y a la verdad que, por el contrario, es lo más cierto que como en el cuerpo se ensamblan entre sí miembros diversos, de donde surge aquella proporcionada disposición que justamente podríase llamar armonía, así ha dispuesto la naturaleza que, en la sociedad humana, dichas clases gemela concuerden armónicamente y se ajusten para lograr el equilibrio. Ambas se necesitan en absoluto: ni el capital puede subsistir sin el trabajo, ni el trabajo sin el capital. El acuerdo engendra la belleza y el orden de las cosas’ […].”

BabiloniaFernando Vallejo, La puta de Babilonia, Bs. As., Planeta, 2007, pp. 197-198.

“[…] En una crítica anónima a las clases de Hegel, publicadas en Leipzig en 1842 con el título ‘Schelling y la revelación’, Engels anunció que los Jóvenes Hegelianos ‘dejarían de considerar el cristianismo’ como un terreno vetado a la investigación crítica. ‘Todos los principios básicos del cristianismo, e incluso lo que hasta ahora se ha llamado religión, han caído bajo la crítica inexorable de la razón’.

El trabajo de base de esa crítica religiosa lo había fijado la reinterpretación de los Evangelios como mitos hecha por David Strauss. Bruno Bauer, teólogo y filósofo que había estudiado con Hegel, llevó la crítica un poco más lejos mediante un análisis detallado del cristianismo como constructor cultural. Conocido como ‘hombre muy decidido que, bajo un exterior frío arde con fuego interior’, Bauer pensaba que la dialéctica sólo podía progresar mediante un proceso de violento ataque intelectual. Había que demostrar las verdades de cada época oponiéndolas a la razón, y ese proceso de ataque racional lo llevó a concluir que, en la edad moderna, el cristianismo era un obstáculo al desarrollo de la libertad consciente. El culto a un Dios exterior, y la sumisión al credo y al dogma, alejaban al hombre de su verdadera esencia. No podía haber conciencia humana o realización de la libertad mientras siguieran en pie las exigencias rituales de la ciega sumisión mística. Invocando la dialéctica, Bauer declaró que esa alienación obstaculizaba la marcha hacia delante de la historia, y que había que trascenderla.

Detrás de esa metafísica exaltada acechaba un desafío político directo a los principios cristianos que habían legitimado a la dinastía de los Hohenzollern y su derecho a gobernar. Una vez considerada baluarte del Estado, la filosofía hegeliana se empleaba ahora para socavar los cimientos político-religiosos de Prusia. No es de extrañar, pues, que Federico Guillermo IV se horrorizara y en marzo de 1842 mandase apartar al subversivo Bruno Bauer de su plaza de la Universidad de Bonn. Con todo haría falta más que eso para moderar el avance de los Jóvenes Hegelianos. La siguiente salva la lanzó La esencia del cristianismo (1841), de Ludwig Feuerbach, que eliminó los últimos restos conservadores del hegelianismo. Como recordó Engels: ‘[el libro de Feuerbach] pulverizó la contradicción de un solo golpe, y lo hizo de una manera muy sencilla, a saber, entronizando el materialismo. […] Nada existe fuera de la naturaleza y el hombre, y los seres más altos que nuestras fantasías religiosas han creado sólo son el reflejo imaginario de nuestra propia esencia. El hechizo se rompió; se hizo explosionar el ‘sistema’ […] Es necesario haber experimentado el efecto liberador de ese libro para hacerse una idea de él. El entusiasmo fue universal: por un momento todos fuimos feuerbachianos’.

También Feuerbach había sido alumno de Hegel, y trabajó con la misma aplicación que Bruno Bauer para aplicar el método dialéctico al cristianismo. Extendiéndose en la noción de alienación de Bauer, argumentó que el avance de la religión debía entenderse como separación gradual del hombre de su yo humano y sensual. Al crear la divinidad cristiana, el hombre había creado una deidad a su imagen y semejanza. Sin embargo, ese Dios objetivado rebosaba de perfección, hasta el punto de que el hombre empezó a rebajarse ante su autoridad espiritual. En consecuencia, se invirtió la relación de poder original: ‘El hombre –éste es el secreto de la religión– proyecta su esencia en la divinidad y luego se convierte en objeto’. Y cuando con más fervor se adoraba el hombre a ese Dios exterior, tanto más se empobrecía él interiormente. Era una relación de suma cero: para que la divinidad prosperase había que degradar al hombre. ‘La religión, por su propia esencia, vacía de sustancia al hombre y la naturaleza y transfiere esa sustancia al fantasma de un Dios místico que, a su vez, luego se digna permitir que el hombre y la naturaleza reciban parte de lo que le sobra’, dijo Engels. ‘Si carece de conciencia y, al mismo tiempo, de fe, el hombre no puede tener sustancia’. En su Contribución a la crítica de la filosofía del Derecho de Hegel (1844), Karl Marx lo expresó de un modo más sucinto: ‘La religión es el suspiro de la criatura oprimida, el corazón de un mundo sin corazón y el espíritu de un estado de cosas carente de espíritu. Es el opio del pueblo’.”

Maquetaci—n 1Tristram Hunt, El gentleman comunista. La vida revolucionaria de Friedrich Engels, Barcelona, Anagrama, 2011 (ed. original 2009), pp. 60-62.