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1615397-By-Plaza-de-la-revoluci-n-Cuba-11Por Cecilia Feijoo y Demian Paredes

 

Cuba se mueve… aunque hay que discutir hacia dónde. El restablecimiento de relaciones entre la Isla y su archirrival Estados Unidos tiene el sentido de dejar atrás la oposición acérrima… para restablecer vínculos diplomáticos (y económicos –que igualmente ya existían, y en buena medida: más de 350 millones de dólares exportó el año pasado EE.UU. a Cuba sólo en bienes–). Ningún Estado surgido de una revolución obrera puede sobrevivir en soledad y siempre el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con un Estado “enemigo” plantea la cuestión de cuál es la dirección de este “compromiso”.

Lenin utilizó una metáfora para convencer a sus camaradas de la necesidad de restablecer relaciones diplomáticas del Estado soviético con su “enemigo”. Decía Lenin que si el auto en el que uno se encontraba era asaltado por “bandidos” imperialistas y para salvar la vida los ocupantes entregaba la billetera y el auto, nadie podría acusar que dicho “compromiso” era “inadmisible”. A partir de este “compromiso” extremo se abría todo una serie de posibilidades –un compromiso ofensivo o de retaguardia, voluntario u obligado–, pero el “compromiso” era legítimo si lo que se quería era “salvar la vida” del Estado surgido de la revolución, cuestión que no es el caso de la burocracia cubana que solo pretende salvarse a sí misma como casta dominante. Es el caso de este “paso” que han dado los “bandidos” norteamericanos con Cuba, y hay que profundizar por ello que responden a distintos objetivos.

Desde el punto de vista del imperialismo norteamericano atestigua un reconocimiento implícito de su debilidad “geopolítica” en América latina; pero ojo, todo Estado capitalista puede transformar su debilidad en fortaleza y hacia allí apuntan Obama y los demócratas.  Si de toda crisis siempre se dice que es, también, “una oportunidad”, el imperialismo yanqui ha adoptado (desde el poder Ejecutivo, desde el Partido Demócrata) “una nueva vía” para intentar “integrar” a Cuba (esa “economía que no funciona” –Obama dixit–) a la economía mundial, aprovechando las debilidades de la burocracia castrista (la Isla crecerá este año apenas un 1%, sufriendo por la caída del precio del petróleo y las ayudas que le vino proporcionando Venezuela los últimos años). El visto bueno de ciertos sectores del empresariado imperialista hacia este “gesto” obamista, deja en claro los objetivos a los que apunta la distención diplomática. Una nota de David Brooks señala que “Thomas Donohue, presidente de la Cámara de Comercio de Estados Unidos, quien visitó la isla este año, declaró que la comunidad empresarial estadunidense da la bienvenida al anuncio” de Obama. Y agrega: “Julia Sweig, directora de Estudios Latinoamericanos del Consejo sobre Relaciones Exteriores, y una de las analistas más prominentes del país acerca de la relación bilateral con Cuba […] Indicó que entre los factores claves para permitir este giro están el hecho de que la comunidad cubanoestadunidense en Miami ya no es monolítica; que el envío de aproximadamente 2 mil millones de dólares en remesas a Cuba por la diáspora está creando nuevas relaciones económicas, junto con el cambio en la opinión pública nacional, y el impulso de sectores empresariales por abrir el comercio, entre otros, hacen que ahora sea el tiempo indicado para esto.” En el mismo sentido, una nota de Wall Street Journal, publicada por La Nación, señala que “Desde la automotriz General Motors Co. hasta el gigante de la agroindustria Cargill Inc. y el minorista de muebles para el hogar Ethan Allen Inc. aplaudieron el anuncio de la Casa Blanca. […] “Cuba necesita todo lo que producimos en EE.UU.”, dice Bill Lane, director global de asuntos gubernamentales para Caterpillar Inc., quien señaló que la compañía espera abrir pronto un concesionario en Cuba que venda equipos para la agricultura, la minería y la construcción. “Hemos estado pidiendo una nueva política hacia Cuba desde hace 15 años”. Líneas aéreas y consorcios también quieren ser de la partida…

Lejos estamos entonces del cuentito progresista –tipo Luis Bruchstein en Página12 hoy– de que esto sería un avance “latinoamericanista” en un mundo “multipolar” contra el imperialismo yanqui, atrasado “política y culturalmente”. Marcelo Cantelmi, de Clarin, comienza señalando la “exageración y levedad escolar [con que] se ha descripto en algunos rincones de la región como la constatación de que La Habana le dobló el brazo a Washington. Más prudentes, los cubanos omitieron repetir ese relato”. Por su parte, escueta y muy unilateralmente, el Partido Obrero festeja en su última prensa el cambio de postura del imperialismo yanqui como una “victoria de todos los pueblos del mundo que defendieron la independencia de Cuba durante más de medio siglo”. Con una visión facilista (“luchera”), considera que ahora el pueblo cubano puede enfrentar y reclamar, sindical y políticamente, a la burocracia restauracionista. Desde el punto de vista de los objetivos de la burocracia cubana, ésta viene llevando adelante el proceso denominado “actualización del modelo económico” y “aperturista”, lo que ha implicado la liquidación de conquistas importantes de la revolución, como la estabilidad laboral, y la apertura de nichos de negocios para los capitales imperialistas y a otros, como a los de China y Brasil. (Europa ya viene asentando sus inversiones en la Isla, especialmente desde los ‘90 cuando implosionó la URSS).

Aunque algunos hablen facilistamente de “lucha”, la realidad es que el heroico pueblo cubano –el auténtico protagonista de la resistencia de más de 50 años de bloqueo, resistencia que ha llevado adelante sin democracia obrera, sin consejos obreros y campesinos– se enfrenta a una situación difícil; un tándem que integran el imperialismo yanqui y el Estado Vaticano intentan avanzar, en el mismo momento donde la burocracia (tal como ya lo anticipara Trotsky en La revolución traicionada, refiriéndose a la URSS estalinizada y a los posibles destinos de la burocracia) mantiene proa hacia sus planes de reconversión del país hacia al capitalismo.

Pero la burocracia castrista debe llevar adelante sus planes y a la vez mantener el control político de la isla, algo que en otras experiencias llevó al colapso o la caída de las burocracias de los Estados obreros, como en el Este europeo y la URSS. El modelo de “transición” à la China, no está garantizado para una burocracia tan débil como la cubana. El apoyo de los Estados “progres” latinoamericanos es una apuesta a que la transición hacia una “economía mixta” sea continuada por el funcionariado castrista.

La crisis de hegemonía yanqui, su desgaste geopolítico (con sus últimos grandes fracasos en Medio Oriente), se busca resolver –al menos en parte– “volviendo” a América Latina (una región que había quedado bastante “abandonada”, aunque no hay que olvidar los intentos de golpe en Venezuela contra Chávez, el golpe de Honduras, la caída del presidente en Paraguay, entre otras acciones norteamericanas) por la vía económica, y con este cambio respecto a Cuba.

La situación es complicada, y a mediano plazo está llena de peligros para el pueblo cubano.

Leemos hoy en La Izquierda Diario:

arton8183El martes 9 de diciembre se conoció un primer informe del Comité de Inteligencia del Senado norteamericano sobre la investigación del programa de interrogatorios de la CIA, llevado adelante entre 2001 y 2009, como parte de la llamada “guerra contra el terrorismo”. En algo más de 500 páginas se detallan no solo métodos aberrantes de tortura sino también el entramado político nacional e internacional que le dio legitimidad.

Submarino. “Walling” (que consiste en estrellar a una persona contra una pared). Golpes. Hidratación y alimentación rectal. Privación del sueño. Posiciones de estrés. Temperaturas extremas. Estas y otros crímenes atroces se pueden leer en el informe desclasificado del Comité de Inteligencia del Senado, apenas una décima parte de las 6500 páginas aun clasificadas, obtenidas a partir de la investigación de unas 6 millones de páginas de documentos de diversas agencias y departamentos del gobierno norteamericano, bajo la presidencia de George W. Bush. Además, nos enteramos de que la CIA contrató psicólogos a quienes les hizo un contrato por 180 millones de dólares, para que asesoraran sobre los métodos más adecuados de tortura psíquica para liquidar la voluntad de los detenidos y someterlos completamente a sus captores.

La lectura del catálogo de torturas a los que la CIA sometió a prisioneros sospechados de terroristas produce naturalmente una suerte de deja-vu por estas tierras. Los pueblos de América Latina sufrieron en carne propia el accionar de los dictadores en la década de 1970-1980, que como sabemos, se formaron en la academia de torturadores de la CIA, llamada “Escuela de las Américas”. Sin embargo, mientras que los militares latinoamericanos aplicaron los métodos de terrorismo de Estado contra una parte de la población nacional, la CIA los reserva, fundamentalmente, para ciudadanos extranjeros, a excepción por supuesto de resonados magnicidios como el asesinato del presidente Kennedy. En este caso se trata de musulmanes apresados en países como Pakistán, Afganistán o Gran Bretaña y torturados en cárceles clandestinas y bases militares fuera del territorio de Estados Unidos.

Se puede decir, con razón, que no hacía falta esperar este informe para saber que la tarea de la CIA es liquidar toda amenaza a los intereses norteamericanos en cualquier lugar del mundo. Creada por el presidente Truman en 1947 como una herramienta fundamental de la Guerra Fría y la “lucha contra el comunismo”, sus operaciones encubiertas son innumerables: golpe de estado contra Arbenz en Guatemala en 1954, la invasión a Cuba en Bahía de Cochinos en 1961, el asesinato del Che Guevara en Bolivia, el golpe contra Allende en Chile en 1973, armamento de los contra en Nicaragua para derrocar al Frente Sandinista en 1981, escándalo Irán-Contras, intervención en la guerra civil de El Salvador, o su rol en el sangriento Plan Cóndor, para dar solo algunos ejemplos de su accionar en América Latina.
A raíz de este escándalo, un medio dio a conocer una investigación que estima que hasta 1987, 6 millones de personas habían muerto como resultado de operaciones encubiertas de la CIA, lo que un exfuncionario del Departamento de Estado llamó el “holocausto americano”.

Indudablemente esto es así. Sin embargo, el temor es que, aun en forma limitada, esta exposición pública de los crímenes de Estados Unidos produzca un efecto potenciado de odio y, seguramente, de antinorteamericanismo en diversos lugares del mundo. Por eso el presidente Obama demoró más de dos años la publicación del reporte e hizo causa común con la CIA hasta último momento para censurarlo, a pesar de que el Comité que lo elaboró está presidido por una senadora demócrata.

No solo la revelación es escandalosa, sino también la hipocresía del Estado norteamericano, su personal político y los medios liberales “bienpensantes”.
Tanto en el Congreso como en los principales medios, uno de los argumentos de peso es que la tortura en realidad es ineficiente.

En la edición del 9 de diciembre, el diario New York Times publicó una editorial “políticamente correcta” repudiando el accionar terrorista del Estado, pidiendo que se juzgue a los responsables de estos crímenes. Llega incluso a denunciar el principal argumento que usó el gobierno de Bush para justificar la tortura como un método necesario para resguardar la seguridad nacional después de los atentados del 11S. 
Lo que no dice es que medios como New York Times y Washington Post no solo fueron entusiastas propagandistas de las guerras de Irak y Afganistán bajo Bush, sino que recibieron y publicaron artículos basados en información de la CIA para demostrar la eficiencia de estos mismos métodos, para crear una corriente favorable a la tortura en el marco del trauma de los atentados contra el World Trade Center. Incluso desde las páginas de ese mismo diario, un columnista llama a Obama a “perdonar a Bush y a quienes torturaron”, como Gerald Ford hizo con Nixon luego del escándalo de Watergate.

El Comité de Inteligencia del Senado, que hasta enero tiene mayoría demócrata, condena las torturas diciendo que son ilegales e inmorales y acusa a la CIA de haber ocultado al Congreso el verdadero carácter brutal de sus “interrogatorios reforzados”. También denuncia a la benemérita Agencia por haber falseado la realidad, diciendo que estos métodos ayudaron a atrapar a terroristas –notablemente Bin Laden- y a “salvar vidas”, cuando después admitió que el problema con la tortura es que no dio ninguna información de inteligencia útil para la “guerra contra el terrorismo”.
Sin embargo, no nombra ni a un solo responsable político de esta banda de torturadores, empezando por el presidente George W. Bush que firmó la autorización para este tipo de interrogatorios días después de los atentados contra las torres gemelas. Tampoco hay siquiera un llamado a castigar estos crímenes aberrantes.

La nota completa acá.