Reuniones imposibles (una respuesta a María Esperanza Casullo)

Publicado: diciembre 14, 2013 de Demian Paredes en 2013, Actualidad, Bloguerías K, Capitalismo 100%, Debates, Kirchnerismo, Movimiento Obrero, Peronismo

Lucha de clases

Entre los (muchos) mitos del peronismo (es decir, de los mitos de una de las más fuertes ideologías reformistas de la Argentina) encontramos el de la “armonía entre las clases” y la del “Estado regulador” y/o “neutro”; “árbitro” entre los diferentes intereses de la sociedad.

Esta visión es la que expresa, desde la “izquierda kirchnerista”, la socióloga politóloga María Esperanza Casullo en una columna en Infobae, publicada también en Artepolítica, titulada “¿Quién y cómo podrá reunirnos?”.

Allí Casullo propone ver que los recientes saqueos, en medio de los motines y “lock outs” policiales “Tampoco son solamente emergentes de situaciones de pobreza; después de todo, un patrón que se advierte es que el par sublevación policial/saqueo ocurrió primero en ciudades relativamente “ricas” como Córdoba Capital, Rosario, San Juan o Catamarca.” A esta altura de los acontecimientos es claro, evidente que hubo “aliento”, “preparación”, coordinación en muchos de los saqueos; es decir: estuvieron preparados y fomentados por las mismas policías y/o punteros políticos (por ejemplo un comunicado Susana Fiorito, de la Biblioteca Popular de Bella Vista, señalaba el “armado” y ejecución de los saqueos con toda clase de vehículos en Córdoba, con comercios extrañamente “resguardados”, etc.). Pero es extraña la conclusión de Casullo, aunque “lógica” si se propone desconocer las realidades del país, bajo el argumento de que los hechos se dieron, “al comienzo”, en “ciudades relativamente ricas”: ¿acaso la socióloga politóloga desconoce los “cordones” de pobreza, las villas y “periferias” que existen en esas tres provincias y en la ciudad que menciona?

Más allá de este “pequeño detalle”, Casullo quiere ir a otro punto, a “un tema estructural”: a los antiguos “espacios compartidos” entre las clases sociales: “cuatro fundamentales instituciones policlasistas: la escuela pública, el hospital público, la conscripción obligatoria y el centro de la ciudad”. Incluyendo al fútbol –como un fenómeno de “efecto integrador”(!?)–, añora esa historia lejana de (inevitables) encuentros, allí, en esos espacios, de “unos” con “otros”.

Sin embargo Casullo no menciona algunas cosas: que esa historia de “espacios compartidos” se terminó con el avance del neoliberalismo, especialmente en nuestro país desde la década de 1990, con las privatizaciones y la cesión de servicios esenciales del Estado, como la salud y la educación, y con la proliferación de “espacios privados” –para las clases ricas– con los countries y las torres exclusivas de lugares como Puerto Madero (donde moran no solo los empresarios sino también altos funcionarios del gobierno nacional y del macrismo). Ampliándose la brecha entre ricos y pobres, hasta las clases medias y sectores de los trabajadores debieron acudir, ante la degradación brutal de la salud y educación públicas, a los colegios privados y a los sistemas de salud pre-pagos y de las obras sociales (allí donde la burocracia sindical, transformada en empresaria, se hace su agosto).

Tampoco reconoce Casullo que, en estos 10 años de kirchnerismo, en la autoproclamada “década ganada”, los únicos que realmente ganaron (“llevándosela en pala”, CFK dixit) fueron los dueños de la tierra, los banqueros, los industriales y las multinacionales, sin revertirse sustancialmente la situación de los “servicios públicos” destruidos tras la ofensiva neoconservadora liberal: los hechos del transporte ferroviario (las denuncias permanentes de los trabajadores y usuarios, los choques de Once y Castelar, que dejaron decenas de muertos y centenares de heridos) son la muestra más clara de esto.

Podríamos preguntar(nos) ¿qué es la ciudad? ¿Qué es ese espacio en el que (obligadamente, por un salario) trabajamos, (mal)vivimos y tratamos de esparcirnos, recrearnos, “cultivarnos”? El marxista Henri Lefebvre, en un trabajo de 1970, La revolución urbana, recordaba las críticas de los arquitectos y urbanistas soviéticos en el período previo al stalinismo, a comienzos de la década de 1920, a las modernas ciudades capitalistas (todavía no llamadas megalópolis). Aun siendo parciales, esas críticas señalaban con crudo realismo que “El orden urbano contiene y disimula un desorden fundamental. La gran ciudad es un conjunto de vicios, poluciones, enfermedad (mental, moral y social). La alienación urbana recubre y perpetúa todas las alienaciones. En ella y por ella, la segregación se generaliza: por clases sociales, por barrios, profesiones y edades, por etnias, por sexos. Muchedumbre y soledad”. En las grandes ciudades y sus periferias, bajo el capitalismo, donde las grandes masas se concentran (y hacinan) y el Estado y los gobiernos las “regulan” (o tratan) y controlan (o tratan) con todos los medios a su alcance, “El espacio es precioso: costoso, lujo y privilegio”. Por ello –los asalariados y sectores populares– carecemos de él.

De ahí que sea imposible que el Estado modifique radicalmente las estructuras del espacio, funcionales al antagonismo de clases, donde una clase trabaja y la otra vive de los frutos de ese trabajo, gracias a la propiedad privada de los medios de producción que el Estado (de nuevo: capitalista) y los gobiernos protegen y garantizan. Por el contrario, el espacio se transforma al calor de los flujos de capital y sus intereses: “sojización” y ampliación de las “fronteras agrarias” para ese cultivo (en desmedro de pequeños productores, familias campesinas y pueblos originarios); gentrificación (desplazamiento de poblaciones de barrios pobres por sectores de mayor poder adquisitivo); hay toda clase de especulaciones inmobiliarias; costosos alquileres de viviendas que a los sectores asalariados les consumen, en promedio, un 40% de sus ingresos; la permanencia de las villas miseria y barrios pobres en todo el país; la ausencia de la más mínima “planificación urbana” (lo que ha permitido las últimas inundaciones, con decenas de muertes), etc., etc., etc. ¡Vivimos en una (peligrosa) “Argentina slum!“Si hay conexión entre las relaciones sociales y el espacio, entre los lugares y los grupos humanos, sería necesario, con el fin de establecer una cohesión, modificar radicalmente las estructuras del espacio”, dice Lefebvre. Por ello, la única manera de que haya nuevas estructuras espaciales, acordes a las necesidades de los trabajadores y sectores populares, es terminando con la propiedad privada de los medios de producción, distribución y cambio; (re)organizando la economía (la producción y el consumo) de acuerdo a un plan racional, realizado por los mismos productores: la clase trabajadora.

Desvanecidos (en un proceso irreversible) los “espacios compartidos” (¡de clases antagónicas!) que señala Casullo, como colegios y hospitales públicos (o “el centro” –donde sin embargo nunca dejaron de mostrarse los antagonismos clasistas: “el domingo a la tarde [con] la alta sociedad que salía de Misa en la Catedral[, y] con las familias que iban a tomar un helado con lo que habían ahorrado en la semana”–), la socióloga politóloga se ilusiona sin embargo con que haya “un alguien” (¿el Estado, un gobierno?) que nos dé (que nos mienta con) “nuevos mitos” en pos de alguna clase de armonía social: “todos somos hermanos”(!?). Una quimera que la ciudad moderna (capitalista y clasista), regenteada por los Estados nacionales a favor de sus socios, los capitales privados, jamás (nos) podrá(n) dar.

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