(Un poco de historia) Alemania, noviembre de 1918: república “democrática” (burguesa, capitalista) vs. república socialista (de los consejos obreros y de soldados)

Publicado: noviembre 9, 2013 de Demian Paredes en 2013, Historia, León Trotsky, Lecturas, Marxismo

spartakusbund_1916* 9 de noviembre de 1918: abdica el káiser Guillermo II, en medio de una feroz crisis que sacude toda Alemania, tras 4 años de sangrienta guerra (imperialista). Se forman consejos de obreros, en las ciudades, y de soldados, con su vanguardia en los marineros. Comienza la rebelión contra los altos mandos de las fuerzas armadas.

Es la revolución social.

** En conmemoración de la Revolución de 1918 en Alemania (proceso que, como definió con gran precisión Trotsky en su libro La revolución permanente, “no fue el coronamiento democrático de la revolución burguesa, sino la revolución proletaria decapitada por la socialdemocracia, o, por decirlo con más precisión: una contrarrevolución burguesa obligada por las circunstancias a revestir, después de la victoria obtenida sobre el proletariado, formas pseudodemocráticas” –y ahí está la feroz represión del gobierno que “odia la revolución”, de los “socialistas” Ebert y Noske, y los asesinatos de los grandes revolucionarios Rosa Luxemburg, Karl Liebkencht y Leo Jogiches como “botones de muestra”–) queremos compartir con los/as lectores/as de este blog –a manera de “anticipo”– un fragmento del capítulo 13 de la biografía de Paul Frölich Rosa Luxembrg. Vida y obra (que incluye una Presentación de Andrea D’Atri), que saldrá de imprenta muy pronto, en pocas semanas, desde Ediciones IPS.

*   *   *

E1 día 20 de octubre se decretó una amnistía general para los presos políticos. Karl Liebknecht salió el 23 de octubre. La Asociación de Trabajadores Berlineses lo recibió triunfalmente. Pero la amnistía no valía para Rosa Luxemburg. No era una prisionera política, no había sido sentenciada, “solamente” estaba cumpliendo un arresto preventivo y continuaría cumpliéndolo. Precisamente por esas fechas se renovó el mandamiento de detención. ¿Era porque en esta era de la democratización los militares debilitados seguían siendo más fuertes que el gobierno o porque el gobierno pensaba que tenía bastante ya con un solo enemigo, Karl Liebknecht? Mientras la antigua Alemania se desmoronaba, Rosa Luxemburg pasó otras dos semanas en prisión. La impaciencia la devoraba y solamente a costa de un supremo esfuerzo consiguió mantener la habitual serenidad exterior y no dar a nadie la ocasión de triunfar en el espectáculo de su impotencia.

Noviembre

Los acontecimientos se precipitaron. El frente se hundía. El 26 de octubre, Ludendorff, el verdadero hombre fuerte de Alemania, tuvo que huir al extranjero provisto de un pasaporte falso. El 28 de octubre el Almirantazgo sufrió un nuevo acceso de delirio. Pretendía salvar “el honor de la Marina” y poner en juego las vidas de 80.000 hombres en una alocada “batalla decisiva” en el mar. Este fue el golpe de gracia. La flota estaba mucho más influenciada por el fermento revolucionario que el ejército. En 1917 había llevado a cabo una acción perfectamente organizada en favor de la paz y habían aportado los primeros mártires. Los marineros Reichpietsch y Köbis habían sido condenados a muerte por amotinamiento y alta traición y fusilados el 5 de septiembre al tiempo que se encarcelaba a más de cincuenta cómplices condenados a terroríficas penas de privación de libertad.

Pero en casi todos los barcos continuaba habiendo consejos clandestinos de marineros que miraban con desconfianza al cuerpo de oficiales. Los marinos estaban aún dispuestos a repeler un ataque del enemigo, pero no a embarcarse en insensatas aventuras. Cuando la flota fue reagrupada en alta mar y se dio la orden de disponerse para el combate, los fogoneros apagaron todas las calderas y obligaron que regresase al puerto. Los oficiales habían perdido el mando. Pero una vez en tierra intentaron imponerse de nuevo. Seiscientos marineros fueron detenidos. Entonces estalló la revuelta. Los marineros se aliaron con los trabajadores de Kiel. El movimiento se amplía en los días siguientes hasta la huelga general en las fábricas y los barcos. El 4 de noviembre el Gobernador de Kiel fue obligado a dimitir. Un consejo de marineros y trabajadores se hizo cargo de la ciudad. El gobierno creía aún que se trataba de un simple motín y envió al socialdemócrata Noske a que impusiera un poco de orden. Pero era la revolución, que, como un voraz incendio se extendía de ciudad en ciudad por todo el país.

Karl Liebknecht había trabajado febrilmente durante esas dos semanas. Había observado atentamente el ambiente que reinaba entre los trabajadores y los marineros, los había incitado a la acción en el curso de las asambleas de fábrica. Había sido aceptado en la organización berlinesa de los Revolutionäre Obleute (delegados revolucionarios) que reagrupaba, después de la huelga de enero, a los delegados sindicales de las fábricas y representaba a la vez el germen de un consejo obrero y de una dirección para la acción. Esta organización había sostenido sesiones casi diarias en las que se había preparado la insurrección. La policía se dedicaba a la caza de sus miembros, especialmente de Karl Liebknecht. Él no podía regresar a su casa, se veía obligado a dormir en el banco de alguna taberna de trabajadores y en ocasiones tuvo que ocultarse en el bosque de Treptow para escapar a sus perseguidores. Tenía conflictos con la dirección de los delegados, pensaba en la movilización de grandes masas, manifestaciones de trabajadores a las que había que arrastrar a los soldados, en propaganda en las fábricas y en los cuarteles. Pero entre los más audaces de los delegados no tenían en la cabeza más que conspiraciones. Querían una insurrección que obedeciese a un plan minuciosamente trazado, contaban los revólveres que disponían y los preparativos técnicos no terminaban nunca. Su lema era: ¡O todo, o nada! Y los vacilantes se unían a ellos, porque eso significaba: ¡Nada! Repetidas veces se estableció la fecha del levantamiento y repetidas veces se aplazó. Finalmente, esta dirección tuvo el tiempo justo para ponerse a la cabeza de los trabajadores berlineses, a quienes ya nadie podía contener. Una confirmación más de la idea de Rosa Luxemburg de que las revoluciones no pueden ser “hechas” sino que emanan de la voluntad de las masas cuando la situación está madura, que la preparación más astuta del primer golpe nunca está acabada y que la hora decisiva corre el riesgo así de quedar fallida.

Para Berlín, que estaba cercado por la revolución por el norte, el sur y el oeste del Reich, la trompeta revolucionaria sonó el 9 de noviembre. Fue la señal decisiva para todo el país. Por la mañana, cientos de miles de obreros abandonaron las fábricas. Ante ellos se desvanecía cualquier idea de resistencia. Capitularon frente a ellos incluso los grupos de oficiales preparados especialmente para la guerra civil. Guillermo II huyó a Holanda. Max von Baden anunció la abdicación del Kaiser y la renuncia del príncipe heredero a ocupar el trono. Junto con los dirigentes socialdemócratas albergaba la esperanza de salvar así la corona para algún otro Hohenzollem. El príncipe otorgó sus funciones de canciller del imperio al jefe del partido socialdemócrata Ebert, que la aceptó y le aseguró: “¡Odio a la revolución como a la peste!”. Entretanto, desde el balcón de palacio, Karl Liebknecht proclamaba ante las inmensas masas de trabajadores la República Socialista. Pocos minutos antes, y desde las ventanas del Reichstag, Scheidemann proclamaba la República alemana.

En los cuarteles y en las fábricas se elegían los consejos, se formó un Comité Ejecutivo de los Consejos de Obreros y de Soldados, reivindicando el poder supremo en Alemania. Todas las instituciones estatales fueron ocupadas por gentes de confianza de la clase trabajadora. Las cárceles fueron tomadas por asalto, entre muchos otros fue liberado Leo Jogiches.

Una vez que Berlín estuvo en manos de la revolución, esta se extendió casi automáticamente a todas las grandes ciudades. En Breslau los obreros fueron a abrir las puertas de la prisión. Rosa Luxemburg alcanzó definitivamente la libertad el día 8 de noviembre. Desde la cárcel se dirigió a una manifestación de masas que la aclamaba desde la plaza de la catedral. El día 10 de noviembre llegó a Berlín. ¡Con qué alegría y con qué melancolía fue saludada por sus amigos de la Spartakusbund! Ahora veían lo que habían significado para ella estos años de cárcel. Estaba envejecida, enferma. Sus cabellos, en un tiempo bellamente negros, eran ahora grises. Pero en sus ojos brillaba el antiguo fuego, la antigua energía. Y aunque necesitaba urgentemente tranquilidad y descanso, a partir de este momento no hubo para ella un solo instante de calma. Aún quedaban frente a ella dos meses de vida y fueron meses en que esforzó hasta el límite todos sus recursos físicos e intelectuales. Sin pensar un solo instante en la propia salud y seguridad, sin una sola concesión hacia sus deseos personales, cargada de energía y de pasión se lanzó a la lucha y participó en “el espectáculo hechizante en colores y fascinante, exaltante y grandioso de la revolución”.

Fue con una profunda sorpresa que muchos contemplaron cómo esta pasión ardiente y esta voluntad indomable de actuar se desarrollaba; muchos que no estaban luchando en el mismo lado de la barricada no podían dejar de sentir simpatía por la personalidad de Rosa Luxemburg. Les parecía que Rosa había perdido toda medida, que ella desconocía completamente la realidad, que tenía ceguera para percibir los límites de lo posible, que se rompería la cabeza si es que ya no la había perdido. Que ella imitaba sin reservas el ejemplo ruso, sin comprender que las condiciones eran otras. Si se investiga argumento por argumento los fundamentos de estas afirmaciones queda de manifiesto una completa incomprensión frente a toda política revolucionaria. No quiere esto decir que la política de Spartakusbund y la de Rosa Luxemburg careciesen completamente de errores en aquella época tempestuosa. Quien haya de adoptar decisiones en medio de la caótica pugna de gigantescas fuerzas de clases dará pasos en falsos a pesar de que tenga una visión genial de la situación objetiva. Y quien tenga el valor de tomar decisiones audaces, quien no se deje arrastrar al remolque por los acontecimientos, tendrá que adelantarse a menudo a las relaciones de fuerzas para alcanzar precisamente una situación más favorable. Una revolución que asalta con creciente furia entierra junto con los escombros del antiguo orden también los errores del partido revolucionario, y transforma en realidad aquello que unos instantes antes no eran sino las ilusiones optimistas de la vanguardia militante.

La actitud fundamental de Rosa Luxemburg venía determinada por la ley vital de toda revolución que ella misma formuló: “o avanzar rápida y resueltamente hacia adelante, derribando con mano férrea todos los obstáculos y poniendo sus miras en metas cada vez más elevadas, o ser fuertemente rechazado por detrás de su frágil punto de partida y aplastada por la contrarrevolución”. Su temperamento revolucionario fue una vez más sometido y dominado por la razón en estos días en que los acontecimientos se precipitaban. A pesar de todo el primer período revolucionario finalizó con una severa y, a la larga, decisiva derrota pero esto fue menos consecuencia de los numerosos errores cometidos en el campo revolucionario que a la situación extraordinariamente difícil en que esos errores mismos tuvieron lugar.

 

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