Argentina, Bangladesh, explotación capitalista…

Publicado: mayo 21, 2013 de Demian Paredes en 2013, Capitalismo 100%, Movimiento Obrero, Pensamientos, Troskósfera

Leemos en el blog Golondrinas en vuelo:

Desde que tengo noción de niño que acompañé a mi padre en el surco. Jugando entre planta y planta ayudaba a cortar sus frutos. Recuerdo el despertar cuando el cielo estaba aún negro. Me costaba hacerlo. La bocina del camión que pasaba por las calles del poblado terminaba de despertarme con sus chillidos. Había que apurarse para tener un lugar donde sentarse en el suelo. La media hora de viaje por calles de tierra cansaban mis piernas si llegaba a estar parado.
Recuerdo que quería ser grande como ellos, entonces cosechaba los frutos a la par. No quería abandonar a mi padre. No quería quedarme solo. Entonces me apuraba y cortaba las frutas detrás de él. Volvíamos cuando en el cielo ya casi no quedaba sol. Las 14 horas de surco aplastaban mis ojos que querían permanecer abiertos. Caía dormido en los brazos de mi padre cuando se sentaba en el colchón a descansar. Recién ahí me sentía protegido para hacerlo.
Así de chico aprendí que debíamos esforzarnos mucho para tener más fichas ya que las mismas se cambiaban por plata. Comprendí porque mi padre, a pesar de sus manos lastimadas, cortaba los capullos más rápido que una máquina. Enojé cuando a pesar de los esfuerzos no nos alcanzaba para comer. Lamenté verlo agotado y envejecido a pesar de sus 31 años.
Lo peor es el trabajo en el campo, me repetía. Porque no hay descansos. Porque los capataces te tratan como animales. Porque siempre te pagaban de menos. Porque el sol arde fuertemente en la cara y el viento parte los cachetes. Porque el frío congela los huesos por tener poco abrigo. No hay tiempo ni para enfermarte. O trabajas o pereces.

Viví y trabajé en el campo hasta los 11 años hasta que mi padre consiguió trabajo en un taller de costura.  Un día agarramos nuestras ropas y escapamos con la esperanza de que la vida será mejor en la ciudad. Mi tío que estaba allí nos decía que en la ciudad hay muchos edificios y necesitan ayudantes, que hay talleres de ropa y necesitan costureros, que los comercios y las casas de familia necesitan que alguien los pueda limpiar. No sabíamos de costura, así que empezamos de aprendices a cambio de un lugar para dormir y de comida.

En el campo por lo menos veía la luz del sol y escuchaba el cantar de algún pájaro que pasaba volando . Ahora, en estos edificios llenos de pisos, la luz la da una lámpara y el cantar se transforma en un silbido agudo permanente que retumba en mi cabeza debido a la máquina que manejo. Nuestro tiempo se diluye entre telas, costuras y rodillos que no dejan de andar.

Extraño a mi padre. El estaba en el edificio que se derrumbó como si fuera una torre de cartas que se desploma por el leve soplido del viento. Así lo vi desde la torre del frente. Sabía que no me tenía que separar de él, pero a los que éramos más chicos nos llevaban a trabajar a otro edificio. Teníamos otras tareas. ¿Lo podría haber socorrido si estaba ahí?

Completo acá.

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