Lucha de gigantes (hoy el post lo hace Paula Varela)

Publicado: marzo 1, 2013 de Demian Paredes en 2013, Actualidad, Debates, Movimiento Obrero, Peronismo, Sindicatos

Lucha de gigantes

Sin título-1Hace unos días, Fernando Rosso publicó un post titulado “Movimiento obrero: ¿el retorno de un gigante?”. Como soy una de las anónimas que disparamos el debate al que refiere, venga aquí algunas polémicas. Vale aclarar que lo que se está debatiendo es qué significa exactamente (o lo más exactamente posible) el retorno del movimiento obrero al centro de la escena política nacional, para poder prever escenarios políticos y hacer apuestas estratégicas lo más certeras posibles.

Si lo que retornó es o no es “gigante”, depende (como con todo) de con qué se lo compare. Hay dos puntos de referencia con los que la “gigantez” se vuelve indiscutible. El primero, la persistencia (aunque usted no lo crea) de las teorías del fin de la clase obrera y todas esas yerbas. Pese a no haber pasado la prueba de la blancura, hasta ahora no se conoce ningún “mea culpa” de tanto libro editado negando un sujeto que, oh, sorpresa! aquí está. A tal punto es así que los intelectuales del kirchnerismo, que ayer vociferaban (como virtud del gobierno, claro) el retorno del movimiento obrero y su “cultura del trabajo”, hoy (en el giro gorila de cristinismo) retoman las teorías del fin de la clase obrera y, mirando con gesto adusto el 20 de noviembre de 2012, se preguntan: “es esto un paro?”, “es que los paros existen o son sensaciones de la Corpo?”, “quiénes son esos sujetos que no han ido a trabajar?”. Y concluyen, con la cautela (o la cobardía?) de la razón que los caracteriza, en la necesidad “de redefinir qué cosa sea de aquí en más la clase productora, el sujeto laboral o el obrero en su fábrica.” Ante eso, hay que ser claros: señores autonomistas de todo pelaje, gorilas históricos del gobierno y la oposición, neo-gorilas del kirchnerismo ayer moyanistas, centroizquierdistas de todo escepticismo… tenemos una mala noticia: volvió un gigante.

El otro punto de referencia que vuelve indiscutiblemente gigante al movimiento obrero que retornó en Argentina, es la comparación con otros países latinoamericanos (e incluso de Europa), comparación de la que viven hace décadas decenas (¿centenas?) de académicos del “mercosur” que se dedican a reiterar una y otra vez el altísimo grado de sindicalización de la fuerza de trabajo en nuestro país en comparación con otros países. Aunque es una comparación remanida, en este caso es también necesario decir con contundencia que el peso del movimiento obrero organizado en Argentina es gigante, y que eso es crucial a los efectos de pensar las estrategias de poder de la clase obrera. Dicho en otros términos, difícil pensar una estrategia revolucionaria en la Argentina, sin que la organización sindical (con su “anomalía”) esté en el centro de la escena. Algo muy parecido decía Trotsky en 1933 cuando destacaba el peso de los sindicatos en Inglaterra e instaba a los revolucionarios a hacer trabajo en ellos.

Estos son los dos primeros puntos de apoyo del “derecho al optimismo” que invoca FR.  El tercero es la forma en que está configurándose el fin de ciclo kirchnerista, signado por una combinación bastante inédita (que lo diferencia del fin de ciclo alfonsinista y menemista): recomposición social y gremial de la clase obrera sin derrotas sobres sus propias espaldas + una izquierda clasista inserta en ella. Desgranemos brevemente: el corazón de la nueva generación obrera que puebla fábricas y lugares de trabajo es la “generación 2001”, es decir, una generación que no carga (en su experiencia vital) con la derrota delos 90 (mucho menos la del 76), sino que cargan con la experiencia de las jornadas de 2001 que cambiaron la relación de fuerzas en Argentina; y que sí cargan con “expectativas reloaded” producto de los 10 años de crecimiento económico post devaluación y de la propia política gubernamental (sobretodo hasta 2007). Si a esto se suma las posiciones conquistadas por la izquierda clasista en el movimiento obrero, este fin de ciclo ofrece lo que se llama una “oportunidad histórica”. Ni bien fue el paro del 20N, escribía aquí y aquí, que, efectivamente, se estaba abriendo una oportunidad histórica para la izquierda revolucionaria, y creo que es así, sin ninguna exageración retórica. Justamente por eso, porque las posibilidades de aprovechar esa oportunidad dependen (además de la voluntad de hacerlo) de lo equilibrado que sea nuestro análisis de la situación es que propongo compensar el “derecho al optimismo”, con el pesimismo de la inteligencia (para citar a un “amigo” de la casa de Rosso). Es decir, busquemos el talón de Aquiles de nuestro gigante para ver por dónde lo pueden voltear o transformar en su negación.

Como bien dice FR, el “gigante” de JC Torre está configurado por un altamente homogéneo mercado de trabajo (con bajísima tasa de desocupación y trabajo en negro), y una fuerte cohesión ideológica dada por el peronismo (cohesión ideológica para la cual los sindicatos fueron absolutamente clave). Hoy esas dos cosas han variado sustancialmente en Argentina. Lo que define al movimiento obrero actual es el precariado noventista. Si tomamos una idea amplia de precariado en Argentina, está definido por tres dimensiones: una altísima fragmentación del mercado de trabajo (ocupado/desocupado; blanco/negro; estable/temporario; de planta/de agencia, etc); una altísima precarización de las condiciones de trabajo (como dicen los obreros gráficos, están todos “rotos”); y una tasa de afiliación que si bien es alta en comparación con otros países, es noventista en comparación consigo misma, o sea, con la historia del movimiento obrero en Argentina, o sea, con el momento en que JC Torre habla de un “gigante”. ¿Por qué es importante tener esto en cuenta? Porque esta es la base objetiva sobre la que se dificulta la cohesión ideológica del movimiento obrero como peronista. En las bases estructurales de su debilidad, están contenidos también nuestros problemas. El hecho de que el movimiento obrero actual no tenga la “cohesión política en torno al peronismo que tuvo en aquellos años” (hasta los ’70), es indisociable de la derrota que se continúa en la actualidad bajo la forma de la precarización laboral. Dicho en criollo, ¿por qué los obreros y obreras argentinas/os no dan la vida por Kirchner ni Cristina como sí la daban por Perón los obreros del ’45, pero también los de la resistencia, e incluso los de los ’70, cuando se abrió la posibilidad de la que ciudadanía se vuelva clase? En muy buena medida (aunque no es el único factor explicativo), porque las conquistas conseguidas bajo el kirchnerismo no llegaron a revertir la condición de precarización en que dejó los ’90 (por eso es un escándalo de cinismo que la intelectualidad que se llama progresista defienda la política laboral del kirchnerismo). Tan light fue la lealtad que suscitó Cristina, que ni bien comenzó el fin del “nunca menos”, la clase obrera le chantó un paro general que hasta Moyano quedó sorprendido la mañana del 20N. La propia Cristina lo reconoció cuando (pensando que decía una genialidad) confesaba que al General no le hacían un paro.

En otro post traducía este problema al lenguaje de la “ciudadanía”: “ Si el primer peronismo (el del 45) fue el de la “ciudadanización” de los trabajadores y las masas (y así selló con sangre la lealtad entre trabajadores y peronismo), y el tercero (el menemismo) fue el de la “des-ciudadanización” (o sea la ruptura del pacto de lealtad, y con él, del bipartidismo en Argentina), el kirchnerismo pasó sus años de gloria (las tasas chinas) sin crear una nueva ciudadanía para las masas no por torpeza, sino porque su función era justamente esa: acusar recibo del cambio en la relación de fuerzas entre las clases que significó diciembre de 2001, al tiempo que licuar ese cambio manteniendo lo más posible la “desafiliación” de los ’90”. En síntesis, la debilidad que la estrategia sindical reformista del peronismo tiene en la actualidad, tiene bases materiales (el precariado en sus más diversas formas). Escindir la debilidad política de la debilidad estructural de la clase obrera, puede llevar a sobrevalorar la autonomía de la política respecto de la economía; y a subvaluar los problemas que presenta, también para la estrategia revolucionaria, la fragmentación de la clase obrera. La frase de FR “Desde el punto de vista sindical(ista) y de la orientción política del reformismo peronista, el retorno actual tiene muchas limitaciones. Desde el punto de vista estratégico revolucionario tiene, para nosotros, enormes potencialidades”, puede abrir la puerta a esa escisión.

Ante la situación actual, la estrategia reformista del peronismo tiene un problema sustancial (aunque no insoluble): que, por más vueltas que le dé (y por más esperanzas que en la Juventud Sindical pongan izquierdistas de fuste y otros oportunistas), el sindicalismo peronista no puede tener política para revertir la condiciones de explotación de los 90 sin negarse a sí mismo como opción viable de la débil burguesía argentina. En el mejor de los casos, puede tener política para profundizar la fragmentación de la clase obrera y constituir una pequeña fracción con la que ejercer el reformismo sindicalista y tratar de garantizar que dicha fracción sea una base achicada de los sindicatos peronistas. De hecho, eso intentó hacer Moyano poniendo como prioridad la demanda del mínimo no imponible (que hace unos años afectaba al 8% de los trabajadores y hoy a más del 20%), pero la pasada de rosca de Cristina lo obligó a pasarse del todo a la oposición y entrar en el terreno pantanoso que está hoy (pantanoso,  justamente, porque pese a los deseos de Meler, no puede ampliar su programa sin negarse a sí mismo, lo que transforma su proyecto laborista en “el laborismo que no fue”).

Es esta imposibilidad de establecer bases materiales para una estrategia sindical(ista) en serio, la que hace que el peronismo gire a apoyarse en su “otra columna vertebral”: el territorio. ¿Por qué al territorio? Porque el “peronismo del territorio” es el único peronismo viable sin revertir las condiciones de explotación de los ’90. El peronismo de los barones del conurbano es el peronismo de los “pobres ciudadanos”. Si las “tasas chinas” permitieron el “giro hacia los sindicatos” del gobierno kirchnerista, el fin de las “tasas chinas” obligan a volver al barrio y, en el mejor de los casos, sostener la estrategia del peronismo (puede seguir llamándosele reformista?) en dos columnas vertebrales que contengan dos fracciones completamente diferenciadas de la clase obrera en Argentina: los sindicatos para una fracción de la minoría hoy sindicalizada, clientelismo para el resto. Las formas que asuma el fin de ciclo pueden ser muchas, pero ¿está descartado que, ante el fin de ciclo kirchnerista, el peronismo apueste a la estrategia de “tirar el territorio contra la fábrica” para disciplinar cualquier expectativa de los asalariados que juntaron conquistas y experiencias en estos diez años? No, no está descartado. La hiperfragmentación de la clase obrera, bastante naturalizada incluso en sectores de la vanguardia sindical actual, es el punto de apoyo de una política de ese tipo. ¿Está descartado que esa naturalización del precariado se imponga por sobre las expectativas y experiencias acumuladas en estos años? No, no está descartado. Por eso, romperse la cabeza para pensar cómo bloquear esa posibilidad es una obligación para una estrategia revolucionaria.

De allí que sea muy importante incorporar al análisis de los sindicatos y del “gigante”, el problema del territorio. El precariado que está hoy por fuera de los sindicatos no está en el éter: está en el barrio. O para decirlo en diálogo con Svampa y Pereyra, está “entre la fábrica y el barrio”. Un poco de trabajo precario, temporario, por agencia, alguna changa; un poco de plan social, negociación con algún puntero, y cuando la inflación preanuncia una navidad repleta de frustraciones, también un poco de saqueo. Y en el barrio, dirige el peronismo. Horowicz dice que el cuarto peronismo, que comienza con Isabelita y López Rega, es en cierta forma el “suicidio” del primer peronismo (el del ’45). Y está bien interesante su análisis. Lo que no dice es porqué no se hundió el “peronismo suicidado” o porqué pudo resucitar en los ’90 y seguir acuchillando el ‘45. No lo dice porque le duele su corazoncito peronista, pero también porque escribe en la década del ‘80 y luego la historia continua (y el peronismo también). Es Levitsky el que responde parcialmente esa pregunta y dice: el peronismo no murió porque se clientelizó. La Renovación peronista no es sólo el ataque a los sindicatos (o sea, no es sólo “negación”), es también la construcción de otro aparato de contención, la red de punteros territoriales (es decir, “afirmación”). Auyero, inteligente y sensible, analiza esa clientelización y la denomina “la política de los pobres”. El centro de su análisis es decir, “ojo, que el clientelismo no está tan flojito de papeles como ustedes lo ven, es bastante fuerte porque se basa en redes de intercambio de todo tipo, intercambio que garantiza la supervivencia en el barrio”. En un artículo analizamos esa política de los pobres y decíamos que es la máxima expresión de la aceptación del grado cero de autonomía de la clase obrera. Si el sindicalismo estatalizado es también una negación relativa de la independencia de clase, el clientelismo es el grado superior de dicha negación. Y es esa, justamente, su debilidad: genera lealtades, pero ya no son las lealtades de la ciudadanización del ’45, sino las de la desindicalización de los ‘90. Lealtades “Groucho Marx” (aquí tengo mi lealtad, pero si no me sirve, acá tengo otra). Esa debilidad estalló en 2001, la red clientelar se agujereó y por sus grietas se coló la influencia de partidos de izquierda (entre ellos, el Partido Obrero) que dirigieron parte del movimiento piquetero. Pero se quedaron en el barrio. Ni tuvieron política clara hacia las fábricas, ni las fábricas les tendieron el lazo de su posición estratégica, aterrorizadas por el desempleo, acorraladas (del corralito corporativo) por Moyano, y con una izquierda que no tenía casi ningún peso en ellas. Así, a las experiencias piqueteras, incluso las de izquierda, se las manducó el corporativismo territorial. La historia conserva esa lección.

Para recapitular. La pregunta sobre si es el movimiento obrero organizado hoy es o no es un gigante, diría yo que aún está por responderse. Y que la respuesta no es objetiva. La recomposición social y gremial de la clase obrera en estos diez años coloca al peronismo ante una encerrona, y a nosotros ante una oportunidad. El peronismo (por mucho laborismo que invoque Moyano) no puede llevar adelante una estrategia sindical(ista) reformista para los millones de trabajadores y trabajadoras que compraron el nunca menos. En jerga kirchnerista, no hay “sindicalismo para todos”. En el mejor de los casos, hay sindicalismo para pocos, clientelismo para muchos. ¿Aceptarán los millones de jóvenes trabajadores que entraron a las fábricas, que ya olieron el poder la huelga, que entrevieron una pizca de la potencia colectiva, ese programa? ¿Podrá imponerse apalancado en las derrotas de las generaciones pasadas o requerirá una nueva y más profunda derrota obrera que los fines de ciclo alfonsinista y menemista? La respuesta a estas preguntas tampoco es objetiva. Depende de cuán audaz  y conciente es nuestra política. Depende de que seamos capaces de construir los puentes entre la fábrica y el barrio. De transformar cada posición estratégica, talón de Aquiles de la burguesía, en horizonte de acción de los que fueron expropiados incluso de la explotación. La posibilidad de transformar en victoria nuestra estrategia revolucionaria está, sin duda, en apalancarnos en este fortalecimiento de los sindicatos, teniendo tan presente como la imagen de nuestros antepasados esclavizados, que la mayoría de los trabajadores están negados en los sindicatos y que sin ellos no hay nada.

comentarios
  1. EM dice:

    Paula, algunos comentarios a esta importante discusión que planteas.
    Vos considerás distintos sentidos en los que podría hablarse retorno o no del “gigante”. Yo creo al respecto que si es para pensarlo en los términos de un movimiento obrero organizado con los contornos “clásicos” con los que se termina de configurar con el peronismo, con la integración de los sindicatos al Estado, y basado en un mercado de trabajo “homogéneo”, condiciones que se empiezan a modificar con la ofensiva patronal desde la dictadura, y especialmente en el menemismo, desde ya no hay ningún “retorno”. Me parece que el retorno o no, hay que pensarlo en otros términos, ya que sino corremos el riesgo de tender a subvaluar las importantes modificaciones que se produjeron durante el último ciclo de crecimiento, que trajo como decís una considerable “recomposición social y gremial de la clase obrera sin derrotas sobres sus propias espaldas”. Esto último me parece determinante, y creo que establece uno de los dos niveles que hay que considerar de forma conjunta para pensar si estamos ante el retorno de un “gigante” o no. Esta recomposición, basada en un formidable cambio en la tendencia imperante en las décadas previas a la destrucción del empleo, especialmente en el sector manufacturero, fortaleció a la clase trabajadora. Es sobre la base de este cambio en las condiciones objetivas -que determina en un terreno general objetivo la disposición objetiva de las relaciones de fuerza entre las clases- y bajo las reverberaciones pos 2001, que emergió el sindicalismo de base, así como de forma más general operó como presión para revertir parcialmente los efectos de la ofensiva patronal, presionando sobre las conducciones burocráticas, presión que explicó la necesidad para el gobierno de impulsar el restablecimiento de los mecanismos de negociaciones paritarias. Creo que la necesidad para el kirchnerismo de tener políticas de contención que fueron presentadas como “reformistas” hacia el movimiento obrero (aunque apenas permitieron una reversión limitada de las peores condiciones en que se hundió la clase trabajadora con la recesión de 1998-2001 y el saqueo de la devaluación de 2002) y el peso conferido a la relación con Moyano y a las políticas de arbitraje entre capital-trabajo (aspectos importantes del bonapartismo “de gobierno”) nos remiten a un “regreso del gigante”. No creo que pueda explicarse de otra forma la centralidad de la relación entre el gobierno y la burocracia sindical, tanto en momentos de estrecha alianza con Moyano como en el último período cuando se dio su pasaje a la oposición. Por supuesto, este cambio más general en la “dispoción objetiva” está acompañado de la continuidad de las más importantes conquistas patronales de la ofensiva de las últimas décadas. Ahora, acá también me resulta confuso señalar que lo que define al movimiento obrero actual es el precariado. Es ciero que la precarización y la flexibilización afectan al conjunto de los asalariados, y en muchos planos como las largas jornadas, polifuncionalidad, etc, no hay distinción; pero esta definición me parece que puede subvaluar que hecho hay una la dualidad en las condiciones de trabajo, entre los sectores con empleo registrado bajo contrato (y entre los distinots sectores de empleados sindicalizados), temporarios y no registrados. Esto último operó como una importante barrera para que la recomposición social se tradujera en una capacidad equivalente para arrancar concesiones a la burguesía. Desde ya, estoy de acuerdo en “ se dificulta la cohesión ideológica del movimiento obrero como peronista” ya que en estas condiciones el corporativismo sindicalista que caracteriza al peronismo no puede integrar homogeneamente a la clase obrera como en otros tiempos, ya que un sector nada desdeñable queda exluido. Pero creo que la definición de “debilidad estructural” no da cuenta de esta situación que es contradictoria; no podemos definir la situación de la clase obrera durante el ciclo K solamente por aquello que no llegó a revertir. También debemos definirla por el terreno que tuvo la capacidad de recuperar AÚN A PESAR de arrastrar ese lastre. Y que sí, creó una mayor distancia entre los sectores sindicalizados registrados (y en particular en algunos gremios) y las condiciones de vida promedio de los asalariados, expresadas descarnadamente aún por las maquilladas cifras del Indek (según la EPH el 70% de los asalariados sigue ganando menos de $3.513).
    Para los revolucionarios, la situación de fragmentación actual agrega una cuestión adicional al problema de cómo la clase obrera logra dar respuesta al conjunto de las aspiraciones de los oprimidos, y es cómo logra sobreponerse a las condiciones de fragmentación que utiliza la patronal, el gobierno y los burócratas sindicales para en ocasiones enfrentar a distintos sectores de asalariados. Pero la renuncia abierta de la burocracia a organizar a los sectores más precarios (cuando no su hostilidad criminal como en el caso de Mariano Ferreyra) creo que abre un terreno enorme para la organización de estos sectores, donde las pretendidas “mejoras” del ciclo K llegaron a cuentagotas y donde hay muchas más tendencias al “odio”. Una estrategia no corporativa en el movimiento obrero que involucra una pelea por conquistar insersión y por hacer carne un programa clasista en todos los estratos de la clase obrera, está en condiciones favorables para sobreponerse a la fragmentación y enfrentar los intentos que mencionás de “tirar el barrio contra la fábrica” y de dividir dentro de los asalariados entre asalariados “privilegiados” y “pobres” (asalariados y no). Si no partiéramos de que sí hubo una sostenida recomposición y recuperó centralidad la “cuestión obrera” durante el último período, y en ese sentido “retorno el gigante”, creo yo, no podríamos estar planteando esta perspectiva.
    Bueno, disculpas por la extensión.

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