Con Jesús y la Biblia como patrones… no sé si “mejor” quedarme con “Don Carlos”

Publicado: febrero 25, 2013 de Demian Paredes en 2013, Actualidad, Debates, Historia, Iglesia/Religión

* A pedido del público (?), a propósito de un post anterior sobre la renuncia de Joseph Ratzinger a su cargo de papa, va un (otro) fragmento del libro de Fernando Vallejo, La puta de Babilonia.

¿Y qué son las palabras atribuidas a este engendro mitológico de Cristo sino un batiburrillo sacado de los libros canónicos y apócrifos de la Biblia hebrea y de la sabiduría popular? El Sermón de la Montaña ha sido tomado de los Salmos, Isaías, los Proverbios y el Eclesiástico. Y sus bienaventuranzas provienen de quinto tratado (capítulos 91-107) del Libro de Enoc y del Libro de los Nazarenos que dice: ‘Bienaventurados los pacíficos, los justos, los creyentes’, ‘da de comer al hambriento, da de beber al sediento, viste al desnudo’ y ‘que tu mano derecha no sepa qué limosna da la izquierda’. Y el llamado ‘pequeño Apocalipsis’ de los evangelios sinópticos tiene frases tomadas al pie de la letra de ese mismo Libro de Enoc, así como del Libro de los Jubileos y del Testamento de los Doce Patriarcas. El dicho de Cristo de que ‘es más fácil que un camello pase por el ojo de una aguja que un rico entre al reino de los Dios’ es un proverbio que está en el Talmud. Y su precepto de que ‘Trata a los demás como quisieras que te trataran a ti’ está en el libro de Tobías (4:15): ‘Lo que no quieras que te hagan a ti, ésa es la ley en pocas palabras y lo demás es comentario’. Y de la sabiduría popular y no de Jesús son los dichos ‘Nadie echa vino es odres viejos’ (Marcos 2:22) y ‘¿Desde cuándo los sanos necesitan médico?’ (Mateo 9:12).

Ni siquiera es original que enseñe con parábolas, narraciones figuradas con que pretende explicarnos su tan cacareado Reino de los Cielos, pues Krishna y los budistas también recurrieron a ese género y asimismo los jainistas, de quienes provienen las parábolas del hijo pródigo y el sembrador. En cuanto a las de Cristo, cuando no son adivinanzas infantiles, insensatas, inmorales y arbitrarias, llenas de violencia e injusticia, de mentirosos, asesinos, opresores, ingratos, torturadores y traficantes de esclavos que él no reprueba. En vano busca uno en ellas una mínima compasión o comprensión o humanidad. ¡Qué más arbitrariedad e injusticia que la que consagra esa parábola de los labradores de la viña que encuentra Mateo en 20:1-16! En ella un patrón les paga igual a los labradores que contrató al amanecer que a los que contrató al atardecer, y cuando estos últimos se lo reprochan, a uno de ellos le contesta: ‘Amigo, no te hago ninguna injusticia. ¿Acaso no conviniste conmigo en un denario? Toma lo tuyo y vete. Quiero dar a este último lo mismo que a ti. ¿No puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O es que vas a ver con malos ojos que yo sea bueno? Así los últimos serán los primeros y los primeros los últimos’. Esta parábola empieza diciendo: ‘El Reino de los Cielos es semejante a un patrón que salió al amanecer a contratar obreros para su viña’. Pues si ése es el Reino de los Cielos sale sobrando pues es igual al mísero reino injusto de este mundo que pesa sobre nosotros día a día y que es obra del patrón, de Dios, que lo creó dándole a cada quien según su divina y real gana, haciendo a unos bueyes y a otros hombres, a unos esclavos y a otros amos, a unos ricos y a otros pobres, a unos bellos y a otros feos, a unos tontos y a otros inteligentes. La de los labradores de la viña es la parábola de la injusticia, la del horror de este mundo, pero resume a cabalidad las enseñanzas de Cristoloco, un impostor confundidor que nunca buscó iluminar ni ennoblecer.

Cura a un clérigo en Jericó, resucita a un muerto en Naín, hace andar a un paralítico en Cafarnaún, expulsa a unos demonios en Gerasa, se mete en las sinagogas a predicar sin que se lo pida nadie. Va, viene, sube, baja, cita a Isaías, los Salmos, el Éxodo, el Levítico, el Deuteronomio como televangelista con micrófono. Con los fariseos se enzarza en tremendas discusiones acerca de la Ley y los Profetas, y con argucias de sofista y una casuística digna del jesuita más pérfido los vence. De haber vivido hoy lo habrían contratado como abogado de Enron y Halliburton. Es el Mesías en quien se cumplen todas las profecías. Pero no uno local que viene a salvar a Israel sino el mismísimo redentor de todo el género humano. Él es el Hijo.

–¿El Hijo de quién?

–Pues del Padre.

–¿De Yavé?

–Ah, compadre, ahí sí me la está poniendo muy peliaguda. Dejémoslo simplemente en el Hijo. O si prefiere, el Señor.

–¿Pero no se le dice pues ‘Señor’ también al Padre?

–Sí, pero es que son dos. Dos ‘Señores’ distintos en un solo Dios verdadero.

-Con la paloma del Espíritu Santo arriba y en medio de ellos.

–Exacto.

–¡Ah, compadre, qué feliz me hace! Hablo prosa y soy teólogo

(La puta de Babilonia, Bs. As., Planeta, 2007, pp. 103-105)

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