Aluminio mata teflón – Tesis 2 (post de Paula Varela)

Publicado: septiembre 26, 2012 de Demian Paredes en 2012, Actualidad, Bloguerías K, Capitalismo 100%, Debates, Movimiento Obrero, Peronismo, Sindicatos

En el post de hace dos semanas, decíamos que el principal problema de sucesión del kirchnersimo es que no llegó a ser un “cuarto peronismo”. Si el primer peronismo (el del 45) fue el de la “ciudadanización” de los trabajadores y las masas (y así selló con sangre la lealtad entre trabajadores y peronismo), y el tercero (el menemismo) fue el de la “des-ciudadanización” (o sea la ruptura del pacto de lealtad, y con él, del bipartidismo en Argentina), el kirchnerismo pasó sus años de gloria (las tasas chinas) sin crear una nueva ciudadanía para las masas no por torpeza, sino porque su función era justamente esa: acusar recibo del cambio en la relación de fuerzas entre las clases que significó diciembre de 2001, al tiempo que licuar ese cambio manteniendo lo más posible la “desafiliación”de los ’90.

De hace dos semanas a esta parte se sumaron las cacerolas de teflón con sus infaltables centroizquierdistas essen y el malestar de la clases medias altas se transformó en calle. Reparemos un minuto en esto. Pese a que algunos quieran transformar esa calle en la oposición de dos modelos, lo cierto es que el cacerolazo mostró mucho más la ausencia de “modelo” K sin viento de cola, que una polarización del tipo 2008. De hecho, la respuesta concreta al cacerolazo no fue de polarización sino dediálogo mediado con ese malestar: el proyecto de reforma del régimen de las ART, la confirmación de que este año no habrá suba del mínimo no imponible y la baja de retenciones al biodiesel. ¿Qué significa mediado?  Que la respuesta no se dirigió a las chetas de barrio norte, sus problemas con el dólar y Miami, o su gusto por los sheriff. Se dirigió a los que tallan en política en el nivel de los “modelos”. A las patronales. Y lo que dijo el gobierno fue, “miren que nosotros todavía podemos encarnar un modelo viable; no se arrebaten al fuego de las cacerolas”. Es esta reacción por derecha del gobierno la que hace que el esfuerzo discursivo por configurar dos modelos en pugna sea tan precario yno sirva para traccionar a nuevos sectores hacia el kirchnerismo (como sí lo hizo el conflicto con las patronales agrarias, en el contexto de lo cual surgieron Carta Abierta y La Cámpora). Sirve sí, para reafirmar a los fundamentalistas K que azuzan el fantasma de De la Soja  y desplegar el oportunismo de la Centroizquierda Essen ya sea en sus versiones de “izquierda independiente” o el amplio espectro que se emociona con las botas con olor a soja.

Así las cosas, hasta ahora la aparición de las clases medias altas en las calles, no abre una crisis política en el gobierno. Lo que sí hace es reforzar el problema del gobierno con su base de representación: está perdiendo base por derecha y no puede mantenerla por izquierda. Aquí otra cuestión importante que con rápidos reflejos señaló Rosso a horitas de las cacerolas: el hecho de que haya malestar por derecha y por izquierda no significa, ni que sean lo mismo, ni que confluyan. Se equivoca Susana cuando quiere alentar a creer que entre las cacerolas sonaba también la disidencia de los más pobres. No sólo el aluminio no se mezcló con el teflón en términos empíricos, sino que tampoco se mezcló en términos programáticos. Ni un solo cartel por el mínimo no imponible y mucho menos por el de la AUH que para las dueñas es, básicamente, mantener vagos (convengamos que el cartelito que decía que con 6 pesos es imposible vivir, era más una crítica a la flagrante mentira oficialista que un pedido de aumento del Salario Mínimo Vital y Móvil).  Por supuesto que existe la posibilidad teórica de que el malestar por izquierda en sectores de trabajadores y pobres urbanos lo vehiculice la derecha, o que algún que otro trabajador pueda reivindicar las cacerolas del jueves compartiendo el cansancio de la pedantería de la cadena nacional y del chamuyo del ToPo (Todo Positivo). Pero la confluencia no es el escenario actual ni está aún en el horizonte por lo siguiente: por más difusa que sea la definición política de los sectores que salieron el Jueves 13 (lo que hace que desde Pino2013 hasta Macri estén buscando capitalizarlos), la definición “ideológica y social” fue clara: clase media básicamente gorila. Gorila en un doble sentido, antiperonista y clasista. De allí que las referencias a Cristina hayan refritado el odio más visceral de los gorilas contra Evita, y de allí también que, como dijo un obrero, “si ibas a la plaza los chetos te iban hacer que les laves el AUDI, gil”.  Así que, por ahora, difícil que vía el teflón se organice una válvula de escape de las frustraciones populares.

Pero también se equivoca Artemio cuando supone que “el derrame” ha sido el suficiente como para tener miedo a una fuga por izquierda. El efecto que sí puede tener el teflón es que los cacerolazos “legitimen” el uso de la calle para los que están más cerca del problema de vivir con 6 pesos por día que del cepo al dólar. En resumen, que agregue algo de acción a una politización y un malestar que ya existe en fábricas y barrios. Eso sí metería en un brete al kircherismo que anda medio flojito de papeles en las mediaciones de contención. Que el gobierno haya optado por no “responder en la calle” no es solamente porque no le dan los números (Ay! Campora!! No alcanza con Fruta para Todos!!), es también porque una “guerra de marchas” podría alentar a marchar con reclamos por izquierda y… ¿quién contendría? ¿Caló? ¿Kolina?

Por eso, el kirchnerismo pide tiempo, mientras da algunas señales a derecha que no tienen impacto directo en el malestar popular (como las medidas de esta semana) como sí lo tiene el cepo al dólar en el malestar teflonero. El tiempo que pide el kirchnerismo es para definir dos cosas que aún no están claras: a) si la economía en 2013 les da respiro para algunas medidas populares realizadas sin mediaciones (directamente desde el ejecutivo) reforzando los aspectos bonapartistas del gobierno y posicionándose para la sucesión (sea re-elección que ahora está en el banco pero mañana puede ser titular, o un Scioli-algún K); b) construir la ingeniería de mediaciones a través de las cuales un modelo de ajuste (que es el único que está actualmente en discusión) sea aplicado a las masas sin que eso estalle.

En estos días, Econométrica acaba de darles una buena noticia con una proyección para 2013 del 3.5% de crecimiento económico, lo que permitiría cierto juego, aunque los más recientes de la crisis mundial no permiten grandes ilusiones. En el campo de las mediaciones, las noticias no son tan buenas. Alicia no está en el país de las maravillas y no logra repuntar en Pcia. de Buenos Aires. Y Caló, finalmente ungido en la CGT-Balcarce tiene la misma cara que Vincent Vega cuando lo ungieron con el honor de cuidar a la bella Mía Jones Wallace que, como sabemos, no se anda con chiquitas (con una diferencia sustancial, no pareciera que Caló tuviera la cintura de Travolta para bailar rock&roll).

No es casual que sean las burocracias sindicales las más complicadas para posicionarse: el nunca menos pegó en la base asalariada no como lealtad pero sí como expectativa.  Y, expectativa que se va frustrando se transforma en malestar, malestar que se perpetúa en disidencia y disidencia con programa propio, en oposición política. La pregunta de los K es cómo frenar esa cadena que va del malestar a la oposición política cuando el horizonte es de ajuste. El que mejor resuelva eso en el PJ, gana la interna.  De allí que si las cifras de la economía del 2013 rondan lo que dice Econométrica, podrían llegar a frenar esa cadena a través de patearla para adelante. Pero, como la sustancia de la política es el tiempo, endemientras, nosotros la izquierda, tenemos el terreno para intervenir transformando el malestar en programa y estrategia de oposición de clase. Las diferencias con 2008 abren mucho más (y no menos) el espacio político para una posición “ni k, ni teflón”, presentando un programa y una estrategia claras para una oposición clasista. Las disidencias por derecha y por izquierda, y el hecho de que éstas no tiendan (al menos por ahora) a confluir abren ese espacio político para presentar  el “modelo propio” que rompe con todos los modelos. Y ahí la cosa puede cambiar y, como señala Emerre en el agudo comentario al post inicial, la frustración del peronismo que no fue puede abrir la vía a que las expectativas de nueva ciudadanía se vuelvan amenaza de clase (la respuesta a Emerre vendrá en próximo post).

Para ver en qué escenario se desarrolla este entretiempo de oportunidad, va esta tesis sobre porqué el derrame no es suficiente.

TESIS 2: A la baja y fragmentados

En la tesis 1 afirmamos, con los datos sobre el sindicato de camioneros, que el fortalecimiento por arriba de los sindicatos (por parte del Estado) no es lo mismo que el fortalecimiento de las organizaciones de los trabajadores. Más bien, está basado en fuertes acuerdos políticos particulares con las cúpulas, que del mismo modo que se disfrutan, se pierden con rapidez debilitando la posibilidad de juego autónomo de los sindicatos. Eso explica, en parte, porqué nadie saca los pies del plato (la carne de los burócratas es débil a los subsidios y premios), pero también explica porque nadie se muere por agarrar la brasa caliente que dejó Moyano para dirigir la CGT con pocas garantías y poca guita para repartir.

Aquí queremos agarrar otro punto fuerte del relato kirchnerista: las negociaciones colectivas de trabajo. No hay oficialista que, ante cualquier debate sobre el mundo del trabajo, no saque la roja del aumento exponencial de las negociaciones colectivas. Y, efectivamente, aunque 2011 marcó un punto de inflexión y 2012 siguió esa tendencia, las negociaciones colectivas de trabajo han aumentado exponencialmente en relación a los ’90 tanto en número como en cantidad de trabajadores que cubren. Niñas bonitas del relato K, son postuladas como el corazón de la institucionalidad refundada en 2003 o el eslabón del proceso virtuoso de crecimiento económico con inclusión social. Con tan ampulosa presentación, lo mínimo que podíamos hacer es mirarlas de cerca, convencidos (contra los caretas) que de cerca nadie es normal.

Dos argumentos aparentemente irrebatibles se instalaron junto con las negociaciones colectivas: que mayor negociación colectiva es igual a centralización, que la mayor centralización es igual a homogenización del colectivo de trabajadores. Si me permiten, voy a provocar con la siguiente tesis: lejos de cualquier fantasía de defragmentación del colectivo de trabajadores, las negociaciones colectivas del período K son la institucionalización de una fragmentación obrera que reorganiza la fragmentación del neoliberalismo.Veamos.

1)     Homogenización fragmentada. Si miramos la evolución de las negociaciones colectivas en la década del ‘90, encontramos lo siguiente: en 1991 del total de negociaciones colectivas de trabajo, el 80% era por rama de actividad y el 20% era por empresa. Hacia 1998 (contrarreformas neoliberales de por medio) esta relación se invierte, y el 20% pasan a ser negociaciones por rama y el 80% por empresa. No hace falta argumentar demasiado, en qué medida la negociación por empresa fragmenta el colectivo de trabajadores y deja librado a la relación de fuerzas particular, el establecimiento de conquistas o derechos. Tampoco hace falta mucha creatividad para establecer la relación entre la ofensiva neoliberal de la negociación por empresa y la ofensiva neoliberal de esmerilar la organización sindical en el lugar de trabajo. Ahora bien, ¿qué pasa en la actualidad? Según Ministerio de Trabajo, a cifras de 2011 (que repite las proporciones de 2010 y está inscripto en la tendencia del período), el 72% de las negociaciones colectivas homologadas fue por empresa y el 28% por rama de actividad.No hace falta argumentar demasiado que estas proporciones están mucho más cercanas a las neoliberales que a las previas, y que son difíciles de combinar con un discurso anti-neoliberal. Pero la necesidad tiene cara de hereje. Ante esta contundente contradicción, los oficialistas (antes que reflexionar sobre las relaciones concretas entre neoliberalismo y kirchnerismo) rebaten con el argumento del famoso erga omnes y la reforma de 2004 que volvió a establecer la primacía del convenio sectorial por sobre el de empresa, y volvió a establecer la vigencia de la ultraactividad. En criollo, el argumento es que las negociaciones por rama, pese a que son la minoría en términos proporcionales, tienen sin embargo una cobertura mayoritaria de lo negociado (95% según el MTEySS) debido a que engloban a todos los trabajadores registrados (afiliados y no afiliados) de esa actividad. Mientras que las negociaciones por empresa son mayoritarias en número, pero engloban a una minoría que establece reglas de juego propias a partir de lo “básico” establecido por rama. Con este argumento dan por cerrada la contradicción de esta descentralización de la negociación. OK, partamos de allí, porque lamento decir que donde los funcionarios oficialistas encuentran la solución a semejante continuidad de los ‘90, en realidad recién comienza el problema. La pregunta del millón es cuál es el contenido de las negociaciones por rama y por empresa para saber cuál es la estructura de derechos que propone el kirchnerismo.

2)     La transformación del piso en techo. Desde la recuperación de las instancias de negociación colectiva, el contenido de lo negociado fue eminentemente salarial. Para tener una foto, a 2011 las cifras del Ministerio son las siguientes: las cláusulas salariales están presentes en el 82% de las negociaciones, representando un 61% de las cláusulas relevadas. Dado que el centro de la negociación es el salario, viene bien, entonces un breve acercamiento que permite comenzar a entender la estructura de fragmentación de derechos que se establece. Si en la tesis 1 tomamos el caso de camioneros para entender el idilio de Moyano con el gobierno K hasta hace meses; ahora vamos a tomar el de metalúrgicos para entender el poco entusiasmo de Caló.

En la negociación colectiva de 2011, el básico inferior[1] de los trabajadores metalúrgicos fue fijado en $3022 y el superior en $4496. Como puede observarse, lejos están estas cifras de lo que la presidenta llamó esa “minoría de privilegiados”  que son afectados por el impuesto al salario. Efectivamente, si uno mira los aumentos de convenio, los afectados por el impuesto al salario son una minoría (aunque lo de privilegiados es o una exageración retórica o un cinismo Louise Vouiton, teniendo en cuenta que la canasta familiar está calculada hoy por encima del mínimo no imponible). Sin embargo, estas cifras de la negociación colectiva de metalúrgicos, no indica el salario real de los trabajadores del metal.  Para calcular el salario real, al básico hay que agregar otros elementos del salario que no son fijados a nivel de rama sino de empresa… Mirando el cuadro de salario promedio de los trabajadores metalúrgicos según actividad, encontramos lo siguiente.

ACTIVIDAD SALARIO PROMEDIO CANTIDAD DE TRABAJADORES
Metales comunes $9873 41.053
Otros productos de metal $4984 100.209
Maquinaria y equipo $6603 73.024

Aquí hay varias cuestiones interesantes. La primera es la obvia: el salario promedio de “metales comunes” es el doble que el salario promedio de “otros productos de metal”. La segunda es también obvia, pero inversamente proporcional: la cantidad de trabajadores de “metales comunes” es menos de la mitad que la cantidad de trabajadores de “Otros productos de metal”. O sea, hay un pequeño sector de trabajadores metalúrgicos (19%) que ganan más del doble que un amplio sector de trabajadores metalúrgicos (47%).¿Con qué se relaciona esta diferencia? Como señala el Observatorio: la mayor parte de los trabajadores de “metales comunes” son empleados de las grandes empresas del Grupo Techint y del Grupo Acindar, es decir, las empresas con mayor rentabilidad y, por ende, mayor margen para aumento salarial. En síntesis, la negociación colectiva de metalúrgicos-rama lo que hace es establecer un básico de convenio bajo, bien bajo (muy por debajo de la canasta familiar) que rige para la mayoría de trabajadores que está empleados en pequeñas y medianas empresas, en las cuales, además, no hay organización gremial en el lugar de trabajo. Mientras que las grandes empresas con mayor rentabilidad negocian (a nivel de empresa, o sea, fragmentadamente) adicionales salariales que llegan a duplicar el monto del sueldo para una minoría.

Si uno sale del mundo metalero, la cosa no cambia. Según cifras ministeriales de todo lo negociado en 2011el salario básico promedio de la categoría inferior de convenio es de $3.380, mientras que el de la categoría representativa de $4.241.

Primera conclusión parcial, el efecto homogenizador y protector por parte del Estado a través de las negociaciones colectivas se traduce en lo siguiente: homogenizar muy por debajo de la canasta, y dejar librado a la relación de fuerzas particular la negociación de montos salariales que pueden significar desde subas ínfimas a ese “bajopiso”, hasta la duplicación salarial. He aquí una de las fragmentaciones centrales del kirchnerismo: una inmensa mayoría de trabajadores registrados que rondan los $4000 (actualizados a hoy por inflación); y una ínfima minoría que alcanza y supera la canasta familiar.

En esa dinámica de bajopiso + fragmentación, entran a jugar un papel central los techos salariales pactados con las cúpulas sindicales de 2007 en adelante, cuando empieza a tallar la inflación. Separar las negociaciones colectivas (como política de Estado virtuosa), de los techos salariales (como táctica de coyuntura dudosa), es como separar la forma del contenido. No va. Porque son justamente los techos salariales (para los que fue indispensable Moyano) los que permiten comprender que lo que en la ley es un piso, en los hechos es un techo. Los salarios básicos negociados en los acuerdos colectivos operan como techo par la inmensa mayoría de trabajadores y como piso para una ínfima minoría. La política de Estado en materia de negociación salarial fue centralizar un bajopiso garantizado por el techo salarial pactado con las cúpulas sindicales, y descentralizar negociaciones parciales que le permitieran pactos con sectores productivos (grandes empresas monopólicas, beneficiarias a su vez de subsidios millonarios) y con burocracias particulares como la de Moyano que, como dijimos antes, armó un entramado de beneficios particulares. Eso se ve clarito en los números de 2011: el salario básico promedio de jornada completa de la categoría representativa en las negociaciones de actividad fue de $3611, mientras que en las de empresa fue de $4.580. Esto explica que la jornada de trabajo en la Argentina de las tasas chinas, ronde las 11hs. diarias: la extensión de la jornada es una de las formas de romper el techo salarial de las negociaciones paritarias.

Segunda conclusión parcial: la perpetuación de un alto porcentaje de negociaciones por empresa, lejos de ser un dato marginal, pasa a ser un dato central de una lógica de fragmentación aplicada sobre una homogenización de salarios devaluados. En esta lógica de fragmentación, tallan los sindicatos que intentan su base (núcleo duro) en la minoría que supera los $4000 promedio (actualizado a hoy por inflación). De allí que, en el conflicto de este año, Moyano haya tenido como preocupación (y consigna central) el impuesto al salario. Pero esta lógica de fragmentación trae dos problemas a las cúpulas sindicales respecto de su base de representación: a) la minoría “fidelizada” es realmente minoritaria; b) al cobrar tanta importancia la negociación por empresa (que es la que puede romper el techo de las paupérrimas 4 lucas), le abre el campo a la reorganización sindical en el lugar de trabajo, y en ese campo…. Florece el sindicalismo de base.

Con estos datos se entienden mejor dos cuestiones importantes de la Argentina: 1) que el salario real esté hoy apenas por encima de los niveles de 2001 (1,8% encima de 2001), luego de 10 años de crecimiento récord (con parate a fines de 2008 y principios de 2009) y con un crecimiento de 90.5% de PBI en el mismo período. 2) que el fenómeno más importante a nivel sindical, sea el sindicalismo de base, porque sin ciudadanía de masas, no hay forma de reflotar a la burocracia. Pero falta aún, la segunda gran división de la clase trabajadora sobre la que se asienta el “modelo K”: el mantenimiento de un muy alto porcentaje de trabajadores no registrados, que se encuentra hoy alrededor del 35%. Es interesante observar aquí como señalé en otro lado la tasa de trabajo no registrado en la década del `80 era del 25% y ascendió abruptamente al 40% hacia el final de la década del noventa. Es decir que en la actualidad, luego de 9 años de crecimiento al 7.6% promedio (de 2002-2010), la tasa de trabajo no registrado se encuentra en niveles cercanos a los alcanzados luego de las contrarreformas neoliberales. Suele afirmarse, casi cándidamente, que los niveles noventistas de trabajo en negro son rémoras del pasado que se cuelan por la moral (no muy nac&pop) de los empresarios. Me gusta más la versión que Clara Marticorena desarrolla en su tesis doctoral sobre la industria manufacturera en Argentina posconvertibilidad. Ella divide la operatividad del trabajo no registrado en dos momentos. El primero, desde la devaluación hasta 2006. Véase un dato importante que en general se mantiene oculto: el pico de trabajo no registrado se da dos años después de la devaluación, en 2004, cuando superó el 42%. ¿Por qué? Porque fue la forma en que los empresarios industriales satisfacían la demanda de fuerza de trabajo (por el crecimiento económico, con foco en la construcción y la industria manufacturera) sin exponerse a pagar la doble indemnización que estableció Duhalde (no Néstor). O sea, en este primer momento el trabajo en negro fue la forma de incorporar trabajadores al empleo en un contexto de incertidumbre (o, para decirlo políticamente “que la incertidumbre la paguen los trabajadores”). De 2005 en adelante (que comienza a observarse la baja del trabajo no registrado) y hasta 2007 (cuando comienzan los primeros síntomas de agotamiento del “modelo K”el trabajo no registrado adopta otra funcionalidad: ampliación de la brecha salarial de modo de presionar el salario real promedio a la baja. Según los datos de Marticorena, 2006 y 2007 son los años en que más aumenta la brecha de salario real entre registrado y no registrados en la industria manufacturera. A partir de 2008 en adelante, la brecha entre salario registrado y no registrado fue achicándose por el aumento del SMVM cuyo valor supera hoy algunos básicos inferiores de convenio. El proceso de aumento del SMVM pegó un salto entre 2008 y 2009, relacionado al golpe de la crisis internacional que frenó los aumentos de salario real de los convencionados, achicando la brecha entre unos y otros. 2011 el SMVM pega otro salto. Esto es interesante porque está relacionado con un doble cambio por parte del gobierno nacional respecto de la política salarial. En primer lugar, con el endurecimiento gubernamental hacia la puja distributiva y la conflictividad laboral de los trabajadores convencionados (o dicho en términos políticos, “los docentes son todos vagos”). El incremento del SMVM en los últimos años es una política que apunta a la siguiente carambola: desalentar cualquier proceso de lucha por blanqueo y/o sindicalización por parte de los trabajadores en negro a través de achicar la brecha entre el salario del conveniocnado y el salario del trabajador no registrado; al tiempo que garantizar que siga existiendo un alto porcentaje de trabajo no registrado. Una vez más, para esta política, talla la inestimable ayuda de la burocracia que jamás cruzó un camión por el fin del trabajo no registrado. En segundo lugar, con la profundización de los rasgos bonapartistas por parte del gobierno que, aumentando “por arriba” el SMVM, “expropia” a las dirigencias sindicales los triunfos de los aumentos de salario de convenio que quedan apenitas por arriba del SMVM. De esta forma, el gobierno  intenta ningunear las mediaciones y capitalizar en forma directa (dicho en términos políticos, “a los trabajadores les hablo por cadena nacional”).

Tercera conclusión parcial: el altísimo porcentaje de trabajo en negro, lejos de ser un efecto residual de los noventa, es una condición necesaria del “nuevo modelo de relaciones laborales” en la medida en que opera como variable de adaptación de la política salarial kirchnerista. Al principio de la recuperación económica, transfiriendo el costo de la “incertidumbre” a la espalda de los trabajadores permitiendo una gran incorporación de fuerza de trabajo al mercado laboral a bajísimo costo salarial y cero costo en caso de despidos. Hasta 2007, ampliando la brecha salarial entre registrados y no registrados para generar un importante sector de trabajadores por debajo de la recuperación del salario real negociada por convenio. De 2008 en adelante, intentando contener sin mediaciones al sector más precarizado de los asalariados, al tiempo que se endurece el tope a las negociaciones de los convencionados y se intenta quitar poder de fuego de las organizaciones sindicales.

Bien, así las cosas, una conclusión final. Artemio, para usted que los tiene cerca y vive de ellos, estos números más que derrames suficientes, preanuncia copa rota. Como salida del infierno, vaya y pase. Pero como paraíso (y encima, perdido), no va. Como dije al principio, el kirchnerismo prometió una nueva “ciudadanía social” para los trabajadores, y promesa que no se cumple es malestar. Las cacerolas de teflón (que están más cerca de NY que de Liniers) sacudieron un poco la siesta de la transición al poskirchnerismo. Hay que ver cómo rebota ese sacudón en el áspero aluminio. Lo que es seguro es que, con estos números, no hay base para que el rebote vaya hacia los K. Se impone, “ni K, ni teflón”.


[1] La categoría inferior es la de menor salario entre las descriptas por el convenio (excluidas las de menores, aprendices y trabajadores de jornada parcial). La categoríarepresentativa corresponde a la categoría que comprende a la mayoría de los trabajadores del convenio.  Por último, la categoría superior es la que corresponde a la categoría de mayor salario

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