Mitos argentinos

Publicado: noviembre 12, 2010 de Demian Paredes en Actualidad, Debates, Historia

El compañero Hernán Aragón nos envío especialmente para “El diablo…” este texto que haciendo referencia a la posibilidad de transformar en “mito” a NK tras su muerte… ¿podrán hacerlo? También nos señala los límites que tiene.

No cabe duda que el pueblo (o mejor dicho, las clases sociales en Argentina) son tributarias de un apasionamiento trágico. Y también son un poco fetichistas. Cuando ese sentimiento encuentra objeto con el cual entrelazarse, sobre todo en política, suele ofrecerse un producto cinematográfico maravilloso.

Un sojero mediano de la pampa húmeda despierta temprano y descubre que NK ha dejado de existir. En silencio, prepara un asadito y descorcha el champagne importado que guardaba para una ocasión especial. El líquido en su garganta se vuelve redentor, como el tibio sol que a esa hora del día comienza a caer sobre sus verdes campos. Ni Fellini ni Buñuel hubieran desechado semejante escena.

Cuando yo era chico, en mi casa se tomaba vino con soda y eructar en la mesa no implicaba más que una reprobación semi fingida.

A mi padre nunca le gustaron los “negros” pero no dudaba, cuando su interlocutor era un radical de posición económica un poquito más elevada que la suya (empleado estatal de categoría rasa), en  reivindicar a los que en el ‘45 refrescaron sus patas en la fuente.

Para volverme peronista sólo me bastó entender el mito a mi manera. Me alcanzó su lado épico, como lo eran en mi imaginario las hinchadas de futbol. Era 1983 y sólo tenía 10 años.

Con mi nueva pasión nacía también una gran decepción. El 30 de octubre de ese año me tuve que guardar en el bolsillo la V de la victoria que había construido. Ese día se festejaba en casa de unos tíos radicales el cumpleaños de un primo y el regreso de la democracia. Como no pude clavar la V en la torta (a esa altura el resultado de los comicios era irreversible), herido por la derrota, me desquité con un eructazo en mesa ajena y frente a todos. Mi padre me pegó un cachetazo a mano abierta. Luego a solas, me consoló diciéndome que no valía la pena llorar ni por unos ni por otros. Sus palabras expresaban a un mito que ya había comenzado a desgajarse.

Invadido por su traición, no comprendí en aquel momento la reflexión que me impartía.  Hoy entiendo que de alguna manera mi padre había asimilado, un tanto rústica e intuitivamente, la magnifica conclusión sobre el desencanto/traición que Rodolfo Walsh hiciera en su cuento Un oscuro día de justicia: “el pueblo aprendió que estaba solo y que debía pelear por sí mismo y que de su propia entraña sacaría los medios, el silencio, la astucia y la fuerza, mientras un último golpe lanzaba al querido tío Malcolm del otro lado de la cerca donde permaneció insensible y un héroe en la mitad del camino”.

En los ‘90, para él y para millones el mito perdía toda fuerza vital y se volvía un llanto nostálgico: “peronistas eran los de antes”.

El mito había perdido potencia dramática y se abría un vacío, aunque la gente siguiera votando al peronismo. Hoy se supone que ese vacío se ha terminado. Con su muerte NK parece haber restituido el drama en su justo lugar, llenando de acción dramática a los personajes de la obra. Protagonistas y antagonistas vuelven a alcanzar la plenitud. Para los creadores del mito, el sojero que gustosamente escupiría al muerto en su cajón es tan necesario como los miles de jóvenes y pobres que derramaron sus lágrimas en la capilla ardiente.

El historiador y filosofo estadounidense Joseph Campbell, descubre que el cine clásico está estructurado con el método de la fábula arquetípica y que esa forma de desarrollo narrativo es lo que hace que un film pueda emocionar a millones. “Sin mito donde apoyarse, toda sociedad va a la disolución”, nos dice.

Antes del deceso de su Líder, el kirchnerismo parecía marchar precisamente hacia allí. Contradictoriamente, la desgracia y el azar, hoy le ha dado la posibilidad de hacer lo que en el binomio de la política nacional sólo los peronistas pueden hacer (démosle en esto la derecha a Artemio López cuando dice que los radicales no les da el cuero para crear un mito alrededor de alguna de sus figuras).

Si a pocas horas de la noticia, Rosendo Fraga se esforzaba por convertirse en el gorila supremo, el bloguero Manolo Bargue comenzaba a hilar, ante el estupor de la tropa propia, una nueva fábula mitológica que hora tras hora y día tras día iría adquiriendo volumen. “No hay tiempo para duelos, aunque suene inhumano; cerrar las filas, con los “viejos” al frente, para aguantar la embestida a pie firme. Para que los “nuevos” se aferren a la “bandera”; y se pueda recomenzar cómo tantas otras veces”.

Entonces apoyados en un fenómeno real (y parcial) de la Plaza del duelo, los peronistas emprendieron el operativo mitificación del transformador ausente. Y lo amplificaron con el objetivo de convertirlo en bandera.

Porque los contenidos mitológicos, inspiran, motivan y despiertan, el kirchnerismo toma al dedillo los ítems con los cuales, según Joseph Campbell, puede construirse un film épico perfecto.

1)      El mundo ordinario: el héroe abandona la tranquilidad de su cotidianidad para embarcarse en lo desconocido y peligroso. Estaba tranquilo en Santa Cruz pero prefirió arriesgarse para salvar al país cuando la política devoraba a los hombres. La llamada a la aventura: el héroe accede al llamado. Eso es lo que lo diferencia del resto.

2)      Rehuir la llamada: Ante la dificultad, duda si seguir o regresar. Son grandes los peligros, el monopolio y las corporaciones, pero es su amor al pueblo lo que lo impulsa a seguir.

3)      Encuentro con el maestro: Es donde se establece la relación padre-hijo. NK reconstruye el legado de Perón y abrazado a él emprende el camino que nos saca del abismo.

4)      Cruzando el 1º umbral: el héroe ya se ha introducido en mundo donde se desarrollará el drama. Es el primer punto de giro, cuando se vale de la cadena nacional para denunciar a quienes quieren condicionarlo.

5)      Examen, aliados y enemigos: Define a los enemigos y se dispone a enfrentarlos, (salvo en pagar en pagar la deuda externa, pero como esto no es muy épico podemos obviarlo. En cuanto a los aliados, el héroe es un tanto amplio. Burocracia sindical mafiosa, barones del conurbano ¿hace falta nombrar más?)

6)      Acercamiento a la puerta secreta: Es el peligro acrecentado, donde el protagonista ya está dispuesto a enfrentar hasta el final a su antagonista. (obviemos aquí, o mejor recordemos que como en este caso se trata de un héroe peronista la armonización entre capital y trabajo es su norma, y la negociación su espada).

7)      Prueba suprema: El mayor peligro, en el cual el espectador no sabe si el héroe va a ganar o va a perder (sería complicado inscribir, siempre en este caso, a sus antagonistas como perdedores. Mucho han ganado en estos años los enemigos del pueblo).

8)      Recompensa: Habiendo sobrevivido a los peligros, el héroe recibe una recompensa. (Se trata aquí del amor profesado por su pueblo).

9)      El camino del regreso: Una vez obtenido lo deseado, el héroe decide volver a su mundo ordinario para cumplir el punto 10) la resurrección, que es la última prueba antes del retorno.

Finalmente el 11) El retorno al elixir, el héroe regresa pero transformado. Su premio es ahora la inmortalidad.

El mito de Perón pudo sostenerse inalterable sólo 30 años, hasta que la crisis económica mundial impactó de lleno en la Argentina. Para miles de jóvenes y de obreros avanzados que hicieron las coordinadoras interfabriles del ’75, el padre de los humildes se convertía en el tío Malcom de Walsh. La dictadura vino a cortar esa experiencia que las masas peronistas comenzaban a hacer con el peronismo en el poder. Eso ya es historia conocida.

Con la reacción democrática de los ‘80, el mito se aggiornaba. La camisa arremangada dejaba lugar al traje y a la corbata de un peronismo socialdemocratizado.

Invirtiendo el axioma de Campbell, y dándole un sentido materialista, puede decirse que  la disolución social provocada por el neoliberalismo trajo la orfandad. Desilusión y escepticismo en los viejos, y la carga aberrante de la indiferencia en los jóvenes. La generación emergida del 2001, como gran parte de su antecesora, nunca tuvo su mito. Su signo fue el apoliticismo generalizado.

Ahora a los huérfanos se les ofrece tutor, no independencia. La paga es la cobija de un mito renovado pero insuficiente. Se crea la apariencia del héroe, aunque su esencia armoniza más con la del tío Malcom, un héroe a mitad de camino, que con la del combatiente Alatriste. Porque efectivamente, como propuso MB, los viejos volvieron dando un paso al frente. Pero ya no hay pecheras manchadas ni decisión de morir por la causa. En su lugar hay dandys de peluquines como el gallego De La Sota y afines.

A los jóvenes se los llama a levantar las banderas ¿Cuáles? ¿La de los 30.000 desaparecidos o la de Rucci? Para Facundo Moyano las dos banderas van juntas.

Hoy, el empleo precario y asignación universal es demasiado si la opción pasa por debatirse entre comer o morirse de hambre y si el recuerdo es la comparación de la crisis del 2001 (y demasiado mezquino cuando se mira cuánto vienen ganando las patronales en la era K). La pregunta es si alcanza para generar la adhesión duradera que un buen mito necesita (el de Perón se apuntalaba sustancialmente en una Argentina del pleno empleo donde los trabajadores llegaron a participar del 50% de la riqueza).

Cabe preguntarse también qué sucedería si la crisis recayera y muchos de los que lloraron sinceramente -y los que fueron apáticos y apolíticos (que no son mejores)- recibieran un cachetazo a mano abierta. El vacío es perturbador y aún no está dicho quién logrará llenarlo llegado el caso.

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